NUEVA DELH.  «Vengan. Viviremos todos en India». Este mensaje escueto, enviado hace 66 años por la madre de Santosh Sharma tras la sangrienta división del subcontinente va a figurar pronto en el museo de las reliquias: tras 162 años de leales servicios, India se dispone a cerrar el mayor sistema de telégrafos del mundo.

«Cruzar la frontera era arriesgar la vida. En aquel momento, el telegrama era la única forma de informar a la familia, de enviarle informaciones urgentes y de reunir» a todo el mundo, recuerda Santosh.



Como era la única en la familia que sabía leer y escribir, se encargaba de redactar las misivas para pedir a sus tíos que dejaran el Pakistán recientemente creado para volver a Nueva Delhi, a fin de escapar a la violencia religiosa que acabó con centenares de miles de muertos tras la división, en la noche del 15 de agosto de 1947.

Relegado por la revolución tecnológica, el telegrama se prepara para desaparecer oficialmente el 15 de julio, llevándose consigo legiones de empleados en bicicleta que se encargan de transmitirlos a los destinatarios.



Como el lunes es feriado, el viernes ha sido el último día hábil para utilizar el servicio.

Antes de la llegada de los teléfonos móviles y de internet, los telegramas eran la principal forma de comunicación. En 1947, fecha de la independencia de India de la era colonial británica, se enviaron 20 millones de mensajes.

En 2012, el número de telegramas cayó a 40.000, procedentes, en su mayoría, de la administración pública que enviaba mensajes a las regiones remotas de este gigantesco país de 1.200 millones de personas.

Herencia colonial

Las primeras líneas de telégrafos las instalaron los británicos en 1851 en la capital colonial que entonces era Calcuta. Con una extensión de 40 km, salían del río Hooghly y comunicaban con un puerto importante del golfo de Bengala. Para finales de ese siglo, había 200.000 km de cables y el servicio se usaba con cualquier motivo.

Los mensajes, que siempre se entregaban en mano, anunciaban fallos judiciales, horas de llegada, nacimientos, clima, la guerra y la noticia más temida: la muerte de un allegado.

Conocido localmente como el «Taar» (hilo), el servicio también ayudó a la poderosa empresa comercial Compañía de las Indias Orientales a mantener su dominio público y militar en la región.

Cuando las tropas indias se levantaron en 1857, dando nacimiento a una rebelión contra la administración colonial, la historia cuenta que el telegrama desempeñó un papel crucial para ayudar a las fuerzas británicas a movilizarse y recuperar el control de la situación.

R.K. Rai, un telegrafista retirado que vive en Nueva Delhi, recuerda la especie de colmena que era su servicio con centenares de empleados que tecleaban frenéticamente los mensajes en Morse, el código que se utilizaba en las máquinas.

«La oficinas parecían fábricas. A veces, teníamos la impresión de conocer todos los detalles de la vida de nuestros clientes; la palabra «intimidad» no existía en el diccionario de nadie», dice a la AFP.

Rai se jubiló en 2006 pero de vez en cuando regresa a sus viejas oficinas, en la Central Telegraph Office, construido en el más puro estilo colonial en el centro de la capital federal.

El departamento envía hoy menos de diez mensajes diarios de media, aunque el anuncio del cierre ha suscitado en mucha gente unas ganas repentinas de enviar el último mensaje a modo de recuerdo, al precio de 9 rupias por palabra (11 céntimos de euro).

Sólo 75 oficinas siguen abiertas en todo el país, que emplean a menos de 1.000 telegrafistas. Tras su cierre, serán transferidos a otros servicios del ministerio de Telecomunciaciones.

El fin del telegrama no suscita la nostalgia en Rai, quien prefiere, con mucho, usar su teléfono móvil. «La comunicación es cuestión de velocidad y el más rápido ganará la partida. Ya era hora de que el sistema de telegramas admitiera que ha sido vencido», dice.