Dominicana Aida de Los Santos revela cómo la trataron en la cárcel de Puerto Rico

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La mujer fue liberada el jueves tras un veredicto unánime de no culpable por los dos cargos que pesaban en su contra por alegadamente haber matado a su jefa Georgina Ortiz Ortiz. Unas 48 horas después de su excarcelación, aún le cuesta acostumbrarse a que no tiene que cumplir con la estricta rutina que siguió en la prisión. Su día continuó con pedidos de entrevistas que la mantenían abrumada, y con recuperar su esencia. Por eso se hicieron gestiones para volver a pintarle el pelo del color rojo intenso que usaba antes del encierro.

También hubo que conseguirle ropa, ya que cuando vino a enfrentar el sistema judicial, hace 10 meses, llegó sin maletas y sin pertenencias. Aida conversó animadamente con Primera Hora el mismo jueves y, en esta continuación del relato, nos dijo las cosas que más le impactaron del juicio en su contra, y sus planes futuros.

-¿Cómo prefieres que te llame, Aida o Carmen?

“A mí no me gusta Aida, por eso fue que me lo cambié a Carmen, no fue por otra cosa… Pero dime Aida, que ese fue el que me dieron”.

-Durante el tiempo que estuviste en prisión, ¿qué fue lo más difícil?

“Lo más difícil fue la operación y el acostumbrarme, porque duré cinco meses en seguridad (encerrada sola), solamente salía dos horas. Pero el día que me sentí peor fue el día antes de operarme la rodilla, porque me trataron como un perro. No me quisieron dar ropa para el hospital. Mandé a buscar a la sargento Arroyo y me dijo: ¨tú no vas a necesitar nada porque tu operación es ambulante y mañana tienes que estar aquí¨. Éso fue lo que más me dolió de todo…. Allá en el hospital me dieron una t-shirt para que me pusiera, y me dieron toalla”.

-¿Quién?

“Gente que tenían personas allí en el hospital”.

-En la cárcel también batallaste con la comida…

“Sí, duraba tres y cuatro días sin comer… Y me dio gastritis, tengo comienzo de una úlcera en el estómago y pasé mucha hambre. Lo que comía eran galletas, jugo, refresco gracias a la comunidad, que siempre me ponían unos chavitos allí en la comisaría. Y bueno, a veces era pan por la mañana, pan al mediodía y pan por la noche. Nada más”.

-Vamos a hablar del juicio. ¿Tú podías ver las caras de los jurados?

“Sí, claro, había cierta comunicación, con los ojos… a través de la vista, de las sonrisas”.

-¿En algún momento te dio miedo que no te creyeran?

“No, no me dio miedo… Yo nunca tuve miedo porque siempre lo dije: yo estoy aquí y vine para que sea lo que Dios quiera. Cuando yo vine para acá yo no pensé jamás que a mi alrededor iban a haber tantas personas que me apoyaran y que me iba a encontrar con cuatro abogados (Aarón Fernández, Lucille Borges, Juan Nevárez y Jesús Peluyera), que daban su vida allí por mí. Ellos me salvaron la vida”.

-¿Pudiste ver la cara de la fiscal cuando te declararon no culpable?

“No la vi en esos momentos. La vi antes y no era muy buena… yo no le guardo rencor pero me hizo pasar muchas humillaciones. Lo que más le molestaba a ella era que me miraba y yo la miraba así (seria), y no le bajaba la vista, y sé que eso le molestaba. Yo lo único que le digo es que trate de purificar su alma, que eso es importante porque tú no puedes tratar de hundir a una persona para salvar a otra”.

-¿Eso fue lo que pasó aquí?

“Sí, ellos querían un culpable y me cogieron a mí, pero Dios pudo más que ellos”.

-¿Le viste la cara a la jueza?

“También tenía la cara (no muy buena). Yo podía sentir la mala vibra de ella hacia mí”.

-Una de las cosas que más se habló fue el sancocho, ¿había carne en ese sancocho?

“Sí, carne de pollo, de cerdo, y de res. No era nada liviano”.

-¿En el momento en que el jurado miró el cuchillo con la lupa, sentiste curiosidad?

“No… para mí la huella fue de una mancha y quedó allí y ellos dijeron que fue de sangre… Yo miraba y decía ‘Señor, yo sé que esa huella no es de sangre”.

-Se insinuó que usted tenía algo con el ex juez.

“Ese señor para mí fue un caballero, nunca, nunca se propasó conmigo… Eso de que Carlos me pedía masajito y yo le daba masajito, ese señor jamás me pidió a mí masaje”.

-¿Ni un sobito?

“No, nunca. Si él trabajaba lunes y viernes y cuando él llegaba yo no estaba ahí, porque el llegaba por la noche. Entonces yo, que me paso el día entero trabajando, no le voy a dar masaje a una persona que no esté haciendo nada, hellooo”.

-De los momentos un poco más livianos, como cuando al teniente Acosta se le olvidó la palabra “estufa”…

“¡Ah, sí! En ese momento sí me reí yo. Ése (Ferdinand Acosta) parece que nunca en su vida puso un café en su casa”.

-A veces parecía que te quedabas dormida.

“Sí, me ponía la mano así (al lado de la cara) y ellos creían que yo estaba durmiendo, pero yo estaba chequeando todo. Siempre estaba pendiente de las cosas, de los movimientos de la fiscal. A ella le tenía pánico de que fuera a hacer algo que no tuviera que hacer y siempre estaba pendiente. Le preguntaba a los abogados si se podían hacer cosas que ella hacía”.

-Ahora de cara al futuro, ¿qué quieres hacer?

“Lo he pensado y con los que me quieran ayudar pienso hacer un libro de todo esto. Se va a llamar la Tragedia de la mucama. Ya lo empecé a escribir. Tengo desde mi niñez, mi campo, lo que pasé en la cárcel”.

-¿Lo empezaste a mano?

“Sí, a mano. En mi tiempo libre lo dedicaba a eso”.

-¿Añoras algo? ¿Un mangú?

“Fíjate, no mangú. Quiero comerme un sancocho, un asopao de camarones. Desde aquel sancocho (que preparó el 17 de agosto de 2010 cuando mataron a Georgina) no he vuelto a comer sancocho”.

-¿Añoras algo más?

“Ver a mi hija y a mi nieta, pero ya vendrá el día”.

-¿Habría algo más que quisieras decirle a la familia de Georgina?

“Que siento lo que le pasó a doña Ginny y que si a mi alcance hubiera estado descubrir quién lo hizo, hubiera ayudado con eso, y quiero que ellos sepan que yo no tuve nada que ver en eso. Ni estaba, ni actué, ni mucho menos sabía que a ella la mataron y a mí me usaron. Yo también tuve una pérdida, mi hermano más viejo, que era como mi segundo padre, en el 95, y nunca se supo quién lo mató, y sé lo que se siente”.

-¿Algún mensaje al ex juez?

“No. Creo que no vale la pena gastar una energía en él porque no se lo merece. Ahora quiero irme a Santo Domingo, hacer mi libro y muchas cosas buenas que sé que van llegar a mi vida”, concluyó Aida.

Fuente www.espacinsular.org

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