Jesús y su lugar en la Historia

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El rabino Abraham Skorka, amigo personal e interlocutor de Jorge Bergoglio en largas discusiones teológicas, dijo también recientemente que sobre el punto “Jesús” no hay modo de contemporizar con Francisco. “A veces me pregunto cuál es su teología, cuál es su credo y me respondo, dicho en fácil, que se toma en serio a Jesús. Con él no hay vueltas”, dijo Skorka.

Mientras que las otras religiones abrahámicas, sin negar a Jesús, lo consideran un profeta más, para los cristianos, como su nombre lo indica, es la esencia de esa confesión. En palabras de Bergoglio: “La fe nos hace reconocer en ese Niño, nacido de la Virgen María, al verdadero Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre”.

El recorrido terrestre de Jesús no puede menos que fascinar. Se crea o no en la doble naturaleza -divina y humana- de Jesucristo, su periplo cambió la Historia y no cesó de influir en los siglos posteriores a su martirio. ¿Es posible que semejante hombre sea sólo una invención de los autores del Nuevo Testamento?

“De no haber existido Jesús, decía el filósofo iluminista Jean-Jacques Rousseau, los inventores de los Evangelios serían tan grandes como él”.

En una conferencia sobre el tema ¿Qué sabemos del Jesús de la Historia?, el padre jesuita Bernard Sesboüé, explicó que “la historia de la investigación histórica sobre Jesús conoció giros espectaculares durante estos 2000 años”. “La dificultad comienza con el estudio de las fuentes (que) son en un 99% cristianas. Hasta los tiempos modernos los cristianos, en nombre de su fe, tenían confianza total en ellas. Las cosas cambiaron a partir del siglo XVII cuando la historia comienza a convertirse en una ciencia y a someter todos los textos antiguos a la crítica rigurosa”, agrega.

El problema fue que “la radicalidad de esta investigación, llevó incluso a ciertos extremistas a concluir que Jesús no había existido y era puro mito”, advierte Sesboüé.

Los cuatro Evangelios bíblicos, los libros que reconstruyen su vida y su predicación, fueron escritos pocos años después de la crucifixión, pero no por testigos directos. Son relatos que sus autores –Juan, Marcos, Mateo y Lucas- escucharon de personas contemporáneas de Jesús.

Una “prueba” de la antigüedad de los Evangelios sería el hecho de que ninguno de ellos alude a la destrucción del Templo, la caída de Jerusalén y la dispersión del pueblo judío, acontecimientos que tuvieron lugar en el año 70 después de Cristo. La única razón para que no los incluyeran es que fuesen posteriores, ya que se trata de hechos que hubieran servido a la “propaganda” cristiana, pues Jesús los había profetizado.  De ellos se deduce que fueron redactados en los años siguientes a la muerte de Jesús y antes del 70.

Los cuatro Evangelios abrevaron en un fondo común de relatos y citas que se repiten en varios de ellos: anécdotas de primera mano y palabras y frases atribuidas a Jesús que ya constituyen un acervo universal: “No sólo de pan vive el hombre”; “Si te pegan en una mejilla, ofréceles la otra”; “Los últimos serán los primeros”, “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos”; “Dejad a los niños venir a mí”, “Perdónalos porque no saben lo que hacen” “Ámense los unos a los otros”.

“Aunque es cierto que no se puede escribir una vida de Jesús en el sentido moderno de la palabra, es manifiestamente exagerado pretender que no podemos saber nada a través de la historia sobre la personalidad de Jesús y su enseñanza. La predicación primitiva no es una cortina que nos tapa todo lo concerniente a Jesús antes de Pascua (su crucifixión)”, dice Sesboüé.

De hecho, si los evangelistas consignan determinados gestos, palabras y actos de Jesús es porque tenían significación para la cultura de la época. Hoy existen además estudios lingüísticos de avanzada que permiten determinar, al menos con cierto grado de exactitud, lo que pudo haber sido dicho realmente por Jesús y lo posteriormente recreado.

La intención proselitista de los Evangelios es evidente; y es lo que ha llevado a muchos a poner en duda su rigor y descalificarlos como historia científica; una crítica un tanto anacrónica ya que ese género prácticamente no existía en la época. Por otra parte, más allá de la Biblia, otros dos textos mencionan la existencia de Jesús en el siglo I de nuestra era.

La referencia más clara y completa es la del historiador romano Tácito (52 al 118 d.C.) que en su obra Anales, dice que Nerón culpó a los cristianos del incendio de Roma. “Creó chivos expiatorios y sometió a torturas más refinadas a aquellos que el vulgo llamaba cristianos, odiados por sus abominables crímenes. Su nombre proviene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio, fue ejecutado por el procurador Poncio Pilato. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición se extendió de nuevo no sólo en Judea, la tierra que originó este mal, sino también en la ciudad de Roma, donde convergen y se cultivan fervorosamente prácticas horrendas y vergonzosas de todas clases y de todas partes del mundo”.

La segunda mención es más bien indirecta: José Ben Matías, conocido como Josefo o Flavio Josefo, era un historiador judío protegido por los emperadores romanos Flavios (de ahí su nombre), que vivió del año 37 al 100. Escribió dos obras: La guerra judía y Antigüedades judaicas. En este segundo libro, escrito en el 93 d.C., Josefo dice que en el año 62 el sumo sacerdote Anano el Joven “convocó una reunión del Sanedrín y llevó ante él al hermano de Jesús, llamado Mesías, de nombre Santiago”. “Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fuesen apedreados”, relata Josefo. Es una mención al pasar: para identificar mejor a “Santiago”, aclara que era hermano de un Jesús, al que llamaban el Mesías. Esta aclaración se imponía porque Jesús era un nombre muy usado entre los judíos.

La Biblia menciona a “hermanos” de Jesús aunque hasta hoy se debate sobre si se refiere a otros hijos de José y María, a sus primos o a sus seguidores.

¿Qué se sabe entonces de la vida de Jesús?

O más precisamente, del período en que ésta fue pública, que se limita a tres años, desde su bautismo en el Jordán por su primo hermano, Juan el Bautista, hasta su crucifixión.

La Palestina de aquellos tiempos era una provincia romana más, en la cual, como en otras regiones ocupadas, las autoridades designadas por Roma toleraban la religión local -judía-, como un elemento de orden. Pero el judaísmo de entonces estaba atravesado por muchas discordancias y corrientes: los saduceos, acomodados con el ocupante extranjero; los fariseos, más apegados a las formas -a la observancia ritual- que al fondo; los samaritanos, que no reconocían otra autoridad que la del Templo; los esenios, que, asqueados por la corrupción, adoptaban el ascetismo; entre otras corrientes y sectas más o menos toleradas por las autoridades judías y que iban desde la crítica al establishment religioso hasta la subversión política y la rebelión nacionalista.

La de Jesús fue, en sus comienzos, una más de estas tendencias; algunos historiadores lo asimilan a los esenios. Pero si esta herejía no pudo ser reabsorbida como otras y acabó en cisma y en un nuevo credo ello se debió a dos rasgos de su mensaje: la radicalidad y la universalidad, dos aspectos que, más tarde, el apóstol Pablo se encargará de sistematizar. Jesús no predicaba sólo para los judíos, su mensaje iba dirigido a la humanidad entera, considerada como una unidad. Además, su insistencia en que venía a dar vuelta todo lo dicho con anterioridad (“Oísteis que fue dicho…. pero yo os digo”, era una de sus expresiones recurrentes) apuntaba a la fundación de una nueva religión. Esto explica la coincidencia en la persecución y represión a Jesús y a los primeros discípulos entre las autoridades romanas y hebreas.

Jesús vivió en un tiempo de crisis política y moral, en el cual proliferaron los profetas, los místicos, los ascetas; hombres que iban por los caminos predicando, lanzando anatemas contra el pecado, el lujo y la falta de fe. Uno de ellos, llamado Juan, se puso a bautizar en el río Jordán, con un mensaje apocalíptico, anunciando la llegada de un mesías y llamando a los hombres al arrepentimiento. Un día, bautizó a su propio primo, Yeshúa (Jesús), y en ese mismo acto lo reconoció como El que todos esperaban.

Era el año 29 ó 30 y Jesús, luego de un retiro en el desierto, empezaba su predicación. Se suceden entonces el reclutamiento de los doce apóstoles, las bodas de Caná (donde convirtió el agua en vino), la multiplicación de los peces y el pan para alimentar a la multitud que lo seguía, la marcha sobre las aguas, la sanación de enfermos, la resucitación de su amigo Lázaro y otros episodios que jalonan la marcha hacia al cumplimiento de su sacrificio.

Fueron tres años de vida errante, de Nazaret a Cafarnaúm, de Betania -donde vivía Lázaro y en cuya casa se alojaba- a Jerusalén;  sin familia, viviendo en lo de amigos, reclutando seguidores, en rebeldía contra las normas establecidas, predicando, sanando, ora celebrado, ora condenado y perseguido, amenazado, sospechoso…hasta el momento de su arresto y juicio en Jerusalén -poco después de una entrada triunfal a la ciudad-, instancia hacia el cual él mismo parece haber avanzado a sabiendas de lo que le esperaba.

Algunos dudan de que haya nacido en Belén; lo consideran una invención posterior para fundamentar su descendencia de David. Hablaba arameo y hebreo, tenía cierta formación intelectual, leía los textos sagrados y debatía con los rabinos; quizá tuvo hermanos. Tal vez fue carpintero. Los arqueólogos creen haber encontrado, en Cafarnaúm, la casa de la familia de su discípulo Pedro, un lugar donde Jesús pudo haber vivido. En los Evangelios no existe ninguna descripción física de Cristo.

Puede dudarse también, lógicamente, de los milagros que se le atribuyen y de su resurrección, tres días después de ser clavado en la cruz, pero es sobre estos hechos acontecidos en el breve espacio de tres años que se cimentó una religión que cuenta hoy con 2 mil millones de fieles. Es evidente que, en esos primeros tiempos difíciles, cuando el cristianismo representaba la disidencia, la marginalidad y la clandestinidad, muchos hombres debieron creer firmemente en los hechos de Jesús para que se haya evitado la dispersión y extinción de la pequeña secta que eran por ese entonces.

“Ningún libro –dice el padre Bernard Sesboüé, ha sido investigado de modo tan crítico y reiterado como la Biblia. El verdadero milagro es que resista todavía…”

Fuentehttp://www.infobae.com

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