El amor que no venció la muerte

La muerte no pudo con el amor entre Pedro Tomás Muñoz y Tulia Ester Saladen.

Diciembre se agitaba en el corazón de los dos porque el 3 de enero de 2017 cumplirían 64 años de matrimonio.

 Tanto tiempo juntos les había deparado una intuición natural. Se alegraban de lo mismo con la inocencia de quien ve por primera vez la luna, y se enfermaban de lo mismo, casi al mismo tiempo. Vivían el uno para el otro. Nacieron el mismo año. Ella, el 12 de febrero de 1930. Él, el 12 de agosto de 1930. Cantaban a dúo los boleros Un viejo amor, Solamente una vez y No vuelvo a amar, que guardaban recuerdos de todo lo vivido.  Tulia Ester consagró su vida a la pedagogía, aprendió a tocar el piano.  Pedro Tomás, un empleado público, conservador, músico de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, tocaba la trompeta y participó siendo muy joven  en orquestas y bandas de la ciudad, como la Orquesta de Pedro Laza y sus Pelayeros, Toño Beltrán y su Combo y la Banda Departamental. Fue un animador de las festividades del 11 de Noviembre cuando todas las orquestas tocaban gratuitamente en la Plaza de la Aduana. Fue el artífice de las celebraciones  de fin de año en la Plaza de  San Diego.

Tulia Ester era graduada de la Escuela de Música. Se graduó con Josefina de Sactis. Estudió junto a Helvia Mendoza. En su casa de San Diego enseñó a cuatro generaciones de sandieganos a leer y escribir. La escuela mixta se llamaba Sagrado Corazón de María. Por allí pasó la familia Flórez, Quintana, Esquivia, Vallejo, Carrasquilla, Camacho, Castro, Herrera, Vélez, entre otros. Nunca dejó de tocar el viejo piano heredado de los abuelos. Sus predilectos eran Beethoven y Chopin. Empezaba el día con una alabanza cantada a Dios en su piano traverso del Siglo XIX con una lira de ocho octavas, que aún pervive en la casa. Era descendiente de libaneses, cuenta su hijo Pedro.  Su padre era un médico eminente, especializado en otorrinolaringología, catedrático invitado de la Universidad de Michigan y profesor en la Universidad de Cartagena, quien se casó con la cartagenera Justa Pérez Borja, que también era cantadora y aficionada a la música.

Pedro Tomás y Tulia Ester se casaron a los 25 años en la Parroquia de Santo Toribio, y llegaron a  la iglesia en un coche tirado por caballos. Se volvieron a casar a los 50 y a los 60, repitiendo la ceremonia en coche. De la unión, nacieron: Pedro Tomás y Tulia Ester, nacieron Alberto Enrique, Aminta del Socorro, Pedro Tomás, Orlando de Jesús, Tulia María del Lourdes, John Fredy y Antonio Miguel. Cada 3 de enero festejaban un nuevo aniversario. Ella volvía a tocar el piano. Su hijo Pedro tocaba la guitarra. La vida les permitió ver crecer a 7 hijos, 22 nietos y 11 bisnietos.

En la vieja casona colonial de San Diego vivieron medio siglo, hasta que  los aspavientos de la modernidad turística, convirtieron a la vecindad en legión de fantasmas de verano. La casa era tan grande que se organizaba en el patio un partido de fútbol entre los hermanos, y en la sala se citaban las orquestas de la ciudad. Pedro Tomás y Tulia Ester fomentaron en sus hijos, la lectura de novelas, poemas y libros de historia. La casa con las ventanas inmensas abiertas a la luz de la  calle, era un lugar de encuentro entre los sandieganos.

Último día del paraíso
También el paraíso tiene su día  impredecible. Pedro Tomás y Tulia Ester, se enfermaron casi  al mismo tiempo. Fueron hospitalizados  por separados en la unidad de cuidados intensivos, muy cerca el uno del otro, sin que lo supieran. Él no supo que su esposa estaba muy grave. Y ella tampoco supo que él estaba allí hospitalizado. A medida que ella se apagaba en silencio en la sala cercana en la noche del sábado 11 de diciembre de 2016, él sentía a su vez que se apagaba. Tulia Ester falleció a las 11 y 30 de la noche del 11 de diciembre, y Pedro Tomás empezó a agonizar a la medianoche. Fue remitido a la Unidad de Reacción Inmediata, y a las 3 de la madrugada del domingo cerró sus ojos para siempre.

El carro funerario se llevó los dos ataúdes. Fueron sepultados en Jardines de Paz. Ella en la lápida 464. Él, en la  465. Juntos para siempre.
Los vecinos del barrio San Diego, en donde vivieron medio siglo, entregaron a los deudos, una placa de honor a ese par de enamorados ejemplares de Cartagena. Los vecinos de la Urbanización La Española, en donde vivieron sus últimos años, acompañaron a los hijos a una misa por el aniversario 64 de su matrimonio: juntos en la vida y en la muerte.

Orlando y Pedro Muñoz Saladen recordaron en la misa, las virtudes humanas y artísticas de sus padres. Hernando Roca leyó un poema. Anay Muñoz y Orlando cantaron algunos boleros en su honor. El piano se despertó en las manos de su hijo. La música que los unió en la vida, los reunió en la muerte.

Epílogo
La historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza se quedó pequeña ante la magnitud del amor entre Pedro Tomás Muñoz Castro  y Tulia Ester Saladen.

La vida es más fantástica que las novelas, porque toda ficción está nutrida de realidades vividas.  La historia de estos amores, es más increíble que la historia contada por García Márquez.

Los dos nacieron en 1930 y murieron en 2016, casi al mismo tiempo, luego de 64 años de historia de amor. Pedro Tomás, su hijo, dice perplejo: “No puedo creerlo pero es cierto. Se han ido al mismo tiempo. No puedo imaginarlos sino con las manos trenzadas, como una sola sombra por el mismo camino”.

Fuente: ElUniversal.com.co

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