“Somos problemáticos, a veces caprichosos, y algo competitivos, pero en el fondo un pan de Dios”, declara María Belén  de 22 años, respecto a su hermana Vanesa de 25 cuando se la consulta respecto a la denominada “maldición del segundo hijo”. Un mote casi de película, pero que muchos toman como cierto, o lo hacen motivo de análisis.

¿Que si existe? Según una investigación realizada por el economista Joseph Doyle (experto del Instituto Tecnológico de Massachusetts): “La probabilidad de que los hijos menores sean más propensos a la delincuencia y a otros problemas es absolutamente real”. Doyle explica que esta tendencia se debe a que los padres se involucran mucho más en el desarrollo de su primer hijo. “Lo toman como un aprendizaje propio, abordándolo con respeto, sensibilidad y concentración”, dice.

Esto suena exagerado y es para tomar con pinzas porque, como en todo, hablar de “maldición” y de estudios parciales sólo puede ser un error. Que la crianza es diferente, eso es seguro. Ningún hijo es igual al otro, pero de ahí a transmutar lo diferente del segundo como directamente proporcional a lo meramente problemático resulta estéril. “Es sólo que con el segundo, los padres relajan la vigilancia y son mucho menos estrictos”, recalca en su artículo Doyle .

Pero, como destaca la psicopedagoga Mónica Coronado, “si bien en general los que son segundos hijos son más autónomos y poseen más independencia de criterio (ya que son criados de una manera más relajada que el primero, a quien se le presta más atención) la diferencia de crianza dentro de la familia, no resulta siempre negativa”.

– ¿Se puede disfrutar más del “segundo”, por la experiencia que deja el primero?

– Sí. Hay diferencias de crianza y cada familia exacerba determinados aspectos. Muchos papás se dedican mucho al primer hijo y a su vez generan demasiadas expectativas y presiones en él, esperando demasiado o cuidándolo al extremo. Lo principal es cómo cada familia maneja el tema del aprendizaje y qué hace al criar a sus hijos, del primero al segundo.

Un caso como ejemplo

Esto resulta avalado “en primera persona” por Sonia, de 30 años, una docente de nivel primario que cuenta su caso: “Mateo, al ser el primero de nuestros hijos, tuvo más presiones y lo criamos, sin querer, más aprehensivo. Éramos novatos como todos los padres y teníamos miedo respecto a todo. Con Tomás, que nació luego de 4 años, estábamos más cancheros y relajados, y se notó luego en su desarrollo. En su curiosidad e independencia respecto a todo. Si bien es real que existen perfiles de personalidad, la crianza los potencia o puede generar que sean más o menos miedosos o inseguros”.

Las pautas de crianza son claramente diferentes con cada chico, por la simple razón de que no se nace sabiendo ser padres. Algo que con el segundo juega a favor, pero a veces también en contra si hay demasiada permisividad.

“Si hablamos de las reglas de crianza, con el segundo lo más sencillo es tomar decisiones respecto a la organización del sueño, de la alimentación y la higiene, ya que teniendo experiencia previa, hay temas más resueltos en este sentido dentro de la familia”, aporta Coronado.

–¿Cuáles son las pautas más complejas para llevar a cabo con ellos?

– Los celos, porque la llegada de un hermano, por ejemplo genera una situación de rivalidad fraterna, ante la cual los papás deben dividir su atención.

Algo que no les sucede con el primer hijo. También reconocer que cada uno  tiene identidades diferentes, con necesidades vinculadas a su personalidad.

– ¿Cómo son los segundos en referencia al desarrollo?

– Suelen ser más autónomos, el tema pasa por ayudarlos a que se ubiquen dentro del entorno familiar, manteniendo las mismas reglas que con el primero, con quien tal vez si se la caía el chupete al piso, se le hervía cinco veces (por tomar un ejemplo), algo superado con el segundo.

Las cuestiones rígidas de crianza del primer hijo, se van relajando con el segundo, además de que se da un proceso de aprendizaje de los papás. Muchos de ellos cuentan que disfrutaron más la crianza del segundo hijo, por el dominio de la situación que tuvieron.

– ¿De qué manera manejar la dinámica escolar entre hermanos cuando están en la misma escuela?

– Depende mucho del modelo de vínculo familiar. Si dentro de la familia se trabaja la idea de la solidaridad y del cuidado mutuo, es mucha la ayuda que pueden darse los hermanitos entre sí. Sin embargo si esto no existe, y hay conflictos dentro de la familia, esto lo trasladan al colegio y muchas veces se ignoran, se pelean, o no se acompañan ni a la salida de la escuela.

Por eso es importante que los padres no los eduquen a cada uno como individuos, sino como hermanos, con fraternidad y protección mutua. Es un trabajo complejo, ya que la rivalidad entre hermanitos es natural, pero la idea es proponer estrategias para que puedan encontrar e internalizar el camino hacia el afecto y cuidado entre ellos.

– ¿El hermano mayor debe ser siempre el ejemplo del otro, como suelen sostener muchas madres?

– Muchos chicos  aprenden a leer o escribir más precozmente, ya que muchas veces al ser segundos aprenden de ver y escuchar al primero, acompañados por su madre y absorbiendo todo. Tienen desde ese lado más horas de aprendizaje junto a sus padres y el hermano mayor, que los hace ser más “avispados”, o estar más preparados en nuevos aprendizajes.

La profesional Mónica Coronado destaca algunos consejos importantes a tener en cuenta respecto de los hijos.

* Lo primero es no compararlos nunca. Hacerlo les causa daño, los preocupa y los hace sentir mal.

* Reconocer en cada hijo mayor o menor una personalidad y valorarla.

* No hablarles en plural como si fuesen uno solo: “hagan esto..”, “vengan”, etc.

* Tratar de no vestirlos de la misma manera que es como ignorar lo que ellos desean. Muchas veces el más chico hereda juguetes o cosas del mayor, pero necesita su identidad.

* No dejar el cuidado del hermanito menor, al mayor. También son niños, y tienen que jugar con su hermanito. Sólo pueden cuidar al más chico, cuando ellos ya no son niños.

* Respecto al más chico, hay que aprovechar la falta de miedos y preocupaciones de los padres, que sí tuvieron con el primero, para disfrutar más.

Fuente: losandes.com.ar/