Vivimos en un mundo caído donde reina el pecado y la injusticia, y abundan los conflictos. Por eso, hay muchas oportunidades para pecar con ira. Pero aunque no podemos cambiar muchas de estas situaciones, es posible cambiar cómo reaccionamos ante ellas.

Los problemas económicos y los desastres naturales causan frustración generalizada, pero los conflictos con otras personas pueden presentar desafíos a un nivel más personal. Cuando somos heridos por las palabras o las acciones de alguien, podemos sentirnos tentados a lanzar una respuesta cáustica o a hervir a fuego lento con resentimiento. Sin embargo, como creyentes, debemos seguir el ejemplo de Cristo: “Cuando le maldecían, no respondía con maldición… sino que encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P 2.23).

Los versículos de hoy del libro de Proverbios enfatizan el valor de ser lentos para la ira. Esto es muy importante cuando enfrentamos un ataque verbal. Escuchar con tranquilidad nos protege de hablar con precipitación, y nos da la oportunidad de pedirle a Dios que nos ayude a reaccionar como lo haría Cristo.

Una respuesta calmada y gentil puede disipar una situación tensa; si no se toma tiempo para procesar lo que se dijo, es imposible responder con sabiduría. Cuando somos lentos para enojarnos, podemos comprender la situación de manera objetiva.

Tal reacción no es natural, lo cual no debería sorprendernos ya que Aquel que la modeló es sobrenatural. Nuestras prioridades deben cambiar si queremos imitar a Cristo. El amor y la comprensión deben reemplazar la necesidad de defendernos, y preservar la relación debe reemplazar el resentimiento. Así que, mantenga la calma y deje que Cristo sea su defensor y protector.

Fuente: Encontacto.org