WashingtonEstados Unidos. Ella prefiere las aulas a los focos, pero con un viaje sorpresa a Ucrania, la primera dama Jill Biden aceptó ser el rostro del gobierno de su marido en la guerra que tiene al mundo en vilo.

Conocida en círculos del gobierno por FLOTUS -acrónimo de su título de primera dama de los Estados Unidos-, Jill Biden ha hecho historia desde que Joe Biden asumió el cargo en enero de 2021 simplemente por mantener su trabajo externo como profesora, una decisión inédita para mantener una vida normal más allá de la valla de la Casa Blanca. 



Cruzando ágilmente la frontera el domingo desde Eslovaquia hasta la ciudad de Uzhhorod, Jill Biden, de 70 años, volvió a hacer historia, pero de forma diferente: posiblemente como el visitante estadounidense de mayor perfil en Ucrania desde que Rusia invadió a su vecino el 24 de febrero. 



Se trata de un viaje que han realizado muchos líderes extranjeros e importantes funcionarios de Estados Unidos, como el secretario de Estado Antony Blinken, pero que todavía se considera demasiado arriesgado para el propio Joe Biden.

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La última primera dama estadounidense en una zona de guerra fue la esposa de George H.W. Bush, Laura, en Afganistán en 2008.

Y mientras los políticos llegan a Ucrania especialmente para hablar de armas, dinero y logística, Jill Biden imprimió su sello personal: una visita en el Día de las Madres en la que abrazó a la esposa del presidente Volodimir Zelenski, Olena Zelenska, que ha estado escondida por su seguridad desde el inicio de la guerra.

«Pensé que era importante mostrar a los ucranianos que esta guerra tiene que parar», dijo Jill Biden, «y que el pueblo de Estados Unidos está con el pueblo de Ucrania».

Zelenska, que antes de la guerra trabajaba en temas de educación e igualdad de género, había escrito previamente a su par estadounidense para hablarle de sus temores respecto al impacto emocional del conflicto en los ucranianos, dijo un portavoz de Biden al diario The New York Times.

 

– «No me importa» –

 

Aunque Jill Biden haga giras con frecuencia en nombre de la administración a nivel nacional y ahora, con Ucrania, haya entrado en el ámbito de la política exterior, la primera dama es una celebridad a regañadientes.

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Su decisión de seguir dando clases de inglés en el Northern Virginia Community College refuerza un amplio cambio respecto a los años de Trump.

Su esposa Melania Trump llegó a Estados Unidos como una modelo eslovena, antes de conocer al magnate inmobiliario y, décadas más tarde, entrar en la Casa Blanca como una persona con estilo pero en gran medida distante, incluso fría.

Podría decirse que Melania Trump nunca tuvo un perfil más destacado que en un viaje de 2018 a la frontera con México, donde su marido había ordenado a los agentes que separaran a los niños que llegaban de sus padres en un intento de disuadir la inmigración ilegal.

Pero la cobertura de las noticias de ese día no sería sobre los niños, ni siquiera sobre los indicios de que Melania Trump podría estar en desacuerdo con la política de su marido, que fue ampliamente criticada.

El tema de destaque fue la chaqueta que decidió llevar, con grandes letras que decían «I don’t really care, do u?» (A mi no me importa, ¿y a usted?)– un extraño mensaje que, según dijo varios meses después, iba dirigido a los críticos de la prensa, no a los niños separados.

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La imagen diaria de Jill Biden, por otro lado, es comedida y profesional, en consonancia con su doble papel de profesora y referencia del extenso clan familiar Biden, algo que suele señalar el presidente, al que le gusta presentarse como «el marido de Jill Biden»

A juzgar por la biografía «Jill», publicada esta semana, la actitud de discreción de la primera dama refleja una aversión más profunda por los círculos políticos que datan de décadas atrás, comenzando con su reticencia incluso a casarse con Joe Biden, entonces un joven senador que le propuso matrimonio cinco veces antes de obtener la respuesta que buscaba.

«Abrumador», ella describe en un fragmento del libro de Julie Pace y Darlene Supervielle, periodistas de Associated Press, mientras recuerda el día en que fue testigo por primera vez de la vida de su nuevo esposo durante la campaña de reelección para el Senado.

«La sensación que tuve fue que me tironeaban de todas las formas, literalmente», dice. «Recuerdo que volví a casa, subí al dormitorio y simplemente cerré la puerta».