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Este artista está pegado, pero realmente no existe

Cuando finalice 2026, el mundo habrá escuchado más música creada por algoritmos que en cualquier otro momento de la historia. Lo que hasta hace pocos años parecía un experimento marginal o una curiosidad tecnológica hoy se consolida como parte central del ecosistema cultural contemporáneo, impulsado por plataformas donde un grupo reducido de actores decide qué suena, qué circula y qué emociones se vuelven virales.

Un estudio de la consultora estadounidense Morgan Stanley revela que el 60% de los jóvenes entre 18 y 20 años en Estados Unidos escucha alrededor de tres horas semanales de música generada por inteligencia artificial, una cifra que continúa creciendo mes a mes gracias a su fuerte presencia en redes sociales y plataformas de streaming.

El algoritmo como nuevo creador cultural

El consumo de estas melodías ocurre principalmente a través de videos cortos en TikTok e Instagram, pero también dentro de playlists populares en Spotify y YouTube Music, especialmente aquellas orientadas a estudiar, concentrarse o dormir. En muchos casos, los usuarios no distinguen si una canción fue creada por un humano o por un sistema automatizado.

Aunque en principio esta tendencia no debería desplazar completamente a la música hecha por personas, algunos casos empiezan a generar debate. Uno de los más llamativos es el de Solomon Ray, un supuesto cantante de country y soul que alcanzó recientemente el primer puesto en descargas gracias a cientos de miles de reproducciones y una comunidad fiel de oyentes.

La particularidad es que Solomon Ray no existe. Su voz, su estética, sus canciones y su presencia en redes sociales fueron creadas por el rapero Christopher Jermaine Townsend, quien logró emocionar a la audiencia sin que esta supiera que estaba frente a un producto artificial. El caso no parece una excepción aislada, sino un adelanto de un escenario donde la música sintética será cada vez más dominante.

Una cultura moldeada por pocos

Para el crítico cultural Ted Gioia, actualmente apenas unas cincuenta personas influyen de forma decisiva en la cultura global. Son quienes controlan las plataformas y sus algoritmos, funcionando como curadores invisibles que determinan qué contenidos alcanzan visibilidad y cuáles quedan relegados.

No se trata necesariamente de reemplazar a los artistas humanos, sino de redefinir las reglas del juego. La música generada por inteligencia artificial introduce un tipo de creador sin biografía, sin pasado y sin derechos de autor tradicionales, optimizado para ajustarse a patrones de consumo masivo y a métricas de rendimiento.

Este modelo plantea una transformación profunda: ya no siempre habrá una experiencia personal, una historia o una intención emocional detrás de cada voz que escuchamos.

El valor de lo humano en un mundo automatizado

Frente a este avance, surge una posible reacción cultural: la revalorización del proceso creativo. En un entorno saturado de contenidos artificiales, las preguntas comienzan a cobrar importancia: ¿quién hizo esta canción?, ¿qué historia hay detrás?, ¿qué la inspiró?, ¿qué esfuerzo implicó?

No solo importará el producto final, sino también el recorrido, la dedicación y la fragilidad del trabajo humano. Algunas obras resisten mejor el paso del tiempo precisamente porque conocemos la historia de quien las creó y el contexto que las hizo posibles.

En una cultura cada vez más automatizada, la trazabilidad humana se convierte en un nuevo valor diferencial, capaz de devolverle sentido, identidad y profundidad a la experiencia artística.

Juan Calcano

Juan Calcano

Juan Calcaño, blogger, diseñador, amante de la tecnología y escritor.

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