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La historia de Punta Cana contada por Frank Rainieri

La gran lección: trabajo constante, sentido práctico y una filosofía clara. Nada regalado, nada improvisado; todo pensado para durar. El verdadero desarrollo no se sostiene en promesas, sino en decisiones coherentes tomadas a lo largo del tiempo.

Foto Minisrterio de Turismo RD

MADRID. La apertura de La Casita Dominicana, en el marco de FITUR 2026 —una novedad promocional a cielo abierto que complementó al pabellón dominicano en el Área 3 de IFEMA— fue un acontecimiento de especial relevancia.

En ese acto, celebrado en la Casita azul turquesa, con rasgos victorianos en madera pintada de blanco, se produjo una oportunidad que rara vez se da: que el fundador visionario de Punta Cana contara, para la historia del turismo dominicano, cómo se fundó ese destino.

A continuación, se recoge su relato completo. Si bien estuvo fragmentado en uno que otro video, al reunirse aquí de forma textual se conforma un documento histórico que debe ser tomado en cuenta por toda persona interesada en saber hacia dónde se dirige nuestra industria.

Foto suministrada. Mitur

Introducción del ministro de Turismo, David Collado:

“La evolución del turismo de la República Dominicana comenzó a abrirse al mundo desde un punto que entonces parecía improbable: Bávaro–Punta Cana. En aquellos años no había mapas de éxito ni certezas; solo tierra virgen y una fe casi obstinada. Hoy resulta fácil pronunciar el nombre de Punta Cana como sinónimo de destino global, pero en ese tiempo era, literalmente, la nada.

En medio de ese paisaje sin promesas visibles, un hombre decidió creer. Hay una imagen que lo resume todo: un tractor, una grader —un tipo de vehículo pesado con aditamentos para remover y nivelar tierra— y un sueño.

Con esas herramientas comenzó a trazar una pista, convencido de que, con el paso de los años, aquel lugar remoto se transformaría en un destino turístico de la República Dominicana. Probablemente nunca imaginó la verdadera dimensión de lo que estaba sembrando.

Difícilmente pudo prever que Punta Cana se convertiría en una marca país, reconocida en los aeropuertos del mundo, apareciendo en las pantallas de Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y toda Latinoamérica, identificada por esas siglas que hoy son universales: PUJ.

Ese hombre es don Frank Rainieri. Y nombrarlo es un acto de justicia. Porque los seres humanos olvidamos con facilidad, criticamos con rapidez y muchas veces no valoramos trayectorias construidas a lo largo de medio siglo de trabajo constante.

Cincuenta años levantando una marca país, abriendo las puertas a decenas de miles de habitaciones hoteleras en una provincia que hoy vibra como el corazón del turismo nacional y que ahora se ve representada en esta feria.

Por eso se hace necesario defender un legado. Un legado que debe pertenecer también a los jóvenes y a los emprendedores; a quienes tienen derecho a soñar, a innovar, a mirar el cielo con la cabeza llena de ideas, pero con los pies firmes sobre la tierra.

Esa es la razón por la que, en esta casa dominicana, junto a toda la exhibición, vive también la historia de Punta Cana.

Y es justo pedir un aplauso para don Frank Rainieri, un hombre que no solo construyó un sueño, sino que supo extenderlo hacia las segundas generaciones. Alguien que acudía a esta feria cuando apenas llegaban unas cuantas personas, cuando no había apoyo y la visión parecía solitaria.

Hoy, esa visión es una realidad tangible. Por eso esta casa dominicana, llamada a convertirse en tradición, lleva su nombre, aun cuando él no lo sabía: la Casa Dominicana Don Frank Rainieri”.

Así se concibió y se realizó un sueño: Punta Cana.

Foto : Una nueva manana. (Colombia Alcántara)

Frank Rainieri dice:

“Al llegar a este acto no sabía que esta Casita se me dedicaba. Llegué sin saber nada. Me invitaron a una inauguración y aquí estoy, sin abrigo, desafiando el frío, pero arropado por el calor humano. Agradezco al ministro Collado esta dedicatoria.

Solo quiero dejarles un mensaje que resuma toda una filosofía de vida: nunca miren el vaso medio vacío. No se queden atrapados en lo negativo ni vivan concentrados únicamente en los obstáculos. Porque los sueños, cuando se sostienen con trabajo y visión, tienen la capacidad de transformar la nada en un destino que le da la vuelta al mundo.

Si me hubiera detenido a mirar los obstáculos, Punta Cana no existiría. Así de simple. Porque los seres humanos tenemos una capacidad increíble para hacer las cosas; como suele decirse, somos capaces de mover montañas. Pero para lograrlo es indispensable tener visión.

Y la primera visión —insistió— es saber escoger al compañero o a la compañera de vida. Esa persona puede convertirse en un gran activo o en una pequeña traba constante en el camino.

La segunda clave es la perseverancia.

Punta Cana no comenzó a dar frutos de inmediato. Pasaron más de dos décadas desde que se inició el proyecto hasta que pudo generar beneficios reales. Fue muchos años después cuando, por primera vez, se vio luz al final del túnel.

Por eso, cuando escucho a alguien decir que hay demasiado trabajo y pocos resultados, sonrío con la memoria llena de sacrificios.

Recordó que tuvo que abrir una discoteca, montar restaurantes, ingeniárselas incluso vendiendo vuelos en helicóptero. Su esposa tuvo que dejar su profesión académica —era catedrática de Física— para sumarse al proyecto. Primero fue relacionadora pública, luego gerente de ventas, y cuando ya no había recursos para pagar a un jefe de proyecto externo, fue ella quien asumió ese rol.

Los sueños se construyen juntos, y cuando la familia acompaña, el camino se hace menos difícil.

La tercera lección: el trabajo dignifica.

El trabajo no es un horario fijo ni se limita a unas cuantas horas al día. Quien aspira al éxito debe entender que el trabajo no conoce relojes ni calendarios, y mucho menos en una industria que vive activa todo el año, sin pausas ni feriados.

Con gratitud, dio las gracias al ministro y elevó un agradecimiento a Dios por haberle permitido caminar la vida haciendo —como él mismo dijo con humildad— pequeñas cosas. Invitó a todos a visitar la casa, a mirar las fotografías y a verse reflejados en ellas, porque cada una cuenta una historia posible.

Todos pueden lograrlo, siempre que estén dispuestos a trabajar duro y a tener fe en lo alto, esa fe que —según sus propias palabras— le fue indicando cuándo debía girar a la derecha y cuándo a la izquierda.

Foto: elperiodico.com.do. Captura de pantalla.

Esta Casita queda inaugurada no solo como un espacio físico, sino como símbolo de una historia que demuestra que la visión, la perseverancia y el trabajo pueden convertir un sueño improbable en una realidad que trasciende fronteras.

La intención era clara: que los visitantes se llevaran una experiencia más cercana, más viva y más auténtica de la cultura y de los sabores de la República Dominicana. Cada detalle de la casa fue pensado con ese propósito.

Algunos elementos arquitectónicos la distinguen de inmediato: los tonos azules que dialogan con el verde, el turquesa y el amarillo evocan la identidad luminosa y festiva del Caribe.

Las ventanas amplias, la galería frontal, los techos a dos aguas y los aleros generosos no son simples recursos estéticos; responden a una función social muy precisa.

La galería, como en las casas tradicionales, es un espacio comunitario, un lugar de encuentro que refleja la hospitalidad, la cercanía y la vida al aire libre que definen al Caribe.

Ese simbolismo cultural representa la identidad dominicana más genuina: la vida del pueblo, el Caribe auténtico. Por eso hoy esa imagen se utiliza con frecuencia como carta de presentación del país en escenarios internacionales como el que se vive aquí.

Todo comenzó de manera casi rudimentaria, con una primera pista improvisada y hasta con burros sueltos, dejados allí para que se comieran la hierba.

Así inició todo:

Estamos ya a décadas de la fundación, ocurrida en 1969 junto a un grupo de inversionistas norteamericanos, marcando el inicio del desarrollo turístico en la zona con la compra de 77 km² de terrenos.

Fotos: Grupo Punta  Cana.

En 1971 se inauguró el primer hotel, el Punta Cana Club. Hoy, el Aeropuerto Internacional de Punta Cana maneja más de once millones de pasajeros al año. Pero nada de eso se construyó de un día para otro.

Punta Cana comenzó a levantarse a inicios de la década de los setenta y no produjo un solo centavo hasta muchos años después. Fueron más de dos décadas de espera, de inversión sostenida y de fe inquebrantable.

La perseverancia —se insistió— es fundamental cuando se quiere lograr un sueño. El inmediatismo, tan común en estos tiempos, no construye nada duradero. Ninguna riqueza sólida, ninguna obra que perdure en el tiempo, nace de la noche a la mañana.

Punta Cana en sus inicios no había caminos, no existían infraestructuras; solo un territorio virgen. Lo que hoy es Playa Serena, donde se encuentra la casa club de Puntacana Resort, era entonces pura nada. Y, aun así, la visión continuó creciendo.

Hoy se anuncian nuevos proyectos hoteleros de alto estándar, concebidos con una propuesta distinta, alejados del modelo de todo incluido y apostando por una experiencia más exclusiva, más cuidada y coherente con la filosofía original del resort.

Joaquín Balaguer visita Punta Cana . 1971. Foto:  puntacana.com. Derechos reservados.

Un  día clave: logró convencer al presidente Joaquín Balaguer de la necesidad de construir un camino vecinal. Aquella jornada coincidió con un aniversario personal, cuando apenas se iniciaba la aventura. En la imagen aparecen socios, amigos y figuras de la vida pública dominicana, testigos de una etapa en la que todo estaba por hacerse.

Gracias a esa gestión, el trayecto que antes tomaba horas interminables comenzó a acortarse. Se compró maquinaria, se abrieron trillos, se rellenaron caminos con piedra. Decisiones improvisadas, vistas hoy con otros ojos, pero necesarias en un tiempo en que no existía la conciencia ambiental actual. Era otra época. Lo importante entonces era abrir paso, conectar territorios, permitir que la vida comenzara a fluir.

Aquel camino vecinal atravesaba zonas que hoy son comunidades densamente pobladas, con decenas de miles de habitantes. Donde antes había pequeñas casas dispersas, surgieron pueblos enteros. Eran asentamientos de inmigrantes canarios llegados siglos atrás, cuyas huellas culturales aún permanecen.

Así, paso a paso, sin atajos ni milagros instantáneos, se fue construyendo una historia que hoy se cuenta no solo con cifras, sino con memoria, sacrificio y visión. Una historia que recuerda que los grandes proyectos nacen del tiempo, de la paciencia y de la convicción de que los sueños verdaderos se levantan despacio, pero permanecen.

Frank Rainieri (pantalón blanco) posa junto al letrero que anuncia el camino vecinal que inició, por su petición, el gobierno del doctor Joaquín Balaguer, Foto Grupo Punta Cana

A ese lugar le decían “la Otra Banda”, porque estaba al otro lado del río. Aquel pueblito humilde, casi invisible en el mapa, es hoy un poblado con un crecimiento económico impresionante. El tiempo y el desarrollo transformaron lo que antes parecía un rincón aislado en una comunidad vibrante, con vida propia y futuro.

Después vino la primera pista aérea. Medía apenas lo necesario, y lo más grande que podía aterrizar allí era un pequeño avión con capacidad para unos cuantos pasajeros. Para mantenerla despejada no había maquinaria ni presupuesto: se usaban chivos y burros que se encargaban de comerse la hierba. No había dinero para desyerbar. Todo era artesanal, improvisado, sostenido más por la voluntad que por los recursos.

Tampoco existían vuelos regulares. Había que alquilar aeronaves chárter para trasladar a los turistas, en viajes largos y movidos, casi una aventura. Fue entonces cuando quedó claro que el proyecto no podía hacerse en solitario.

Así surgió la alianza con Club Med. Convencerlos fue otro acto de fe y de insistencia, pero de ese acuerdo nació un hotel que marcaría un antes y un después en la historia del destino. Allí estuvieron figuras clave del país cuando se dio el primer picazo para iniciar la construcción, un gesto simbólico que selló el comienzo formal de una nueva etapa.

Así se puso el rótulo al Aeropuerto Internacional de Punta Cana. Foto Grupo Punta Cana.

Más adelante llegó uno de los mayores desafíos: el aeropuerto. Tras pasar por varios gobiernos y años de gestiones, se obtuvo la autorización para construir el primer aeropuerto internacional privado y comercial del mundo. El permiso llegó, en parte, porque pocos creían que realmente se lograría.

La imagen de aquel inicio es reveladora: no había autoridades ni grandes ceremonias. Solo un puñado de familiares y amigos, un pico en la mano y la convicción intacta. Así comenzó el Aeropuerto de Punta Cana.

De esa experiencia surge un llamado claro a quienes hoy toman decisiones públicas: no corten las alas a los emprendedores. Asegúrense de que sean personas honestas y trabajadoras, sí, pero faciliten, no obstaculicen.

El desarrollo necesita aliados, no muros. Siete años y tres gobiernos tomó lograr aquella autorización. Hoy, ese aeropuerto es el más grande del Caribe insular y de Centroamérica, superado en la región solo por Cancún, y con una conectividad que compite con los grandes hubs de América Latina.

 

Nada de eso fue fácil ni inmediato. El aeropuerto operó con pérdidas durante años, sin leyes de incentivo ni financiamiento estatal. Lo único que se recibió del Estado fue el permiso para constituir la empresa.

Incluso traer el primer camión de bomberos fue motivo de conflicto, porque se pretendía cobrar impuestos por un vehículo que no generaba negocio alguno, sino que servía exclusivamente para garantizar la seguridad. Eran batallas pequeñas, cotidianas, que se sumaban al gran desafío de construir algo que no existía.

La historia, contada así, confirma una verdad simple y poderosa: sí se puede. Con perseverancia, con trabajo constante y con la firme decisión de no rendirse, incluso cuando todo parece ir en contra. Porque los grandes proyectos no nacen del respaldo inmediato, sino de la terquedad de creer cuando nadie más cree.

Son historias, que algún día aparecerán en capítulos de una memoria viva. Llegó el momento en que se comenzó a trabajar el tema medioambiental, y luego aparecieron las fotografías del primer aeropuerto. La terminal tenía un tamaño modesto, apenas lo esencial. Para disimular la precariedad, se usaron mesas de mercado cubiertas con pareos del Club Med, buscando darles un aire más acogedor. No había aire acondicionado.

La construcción se hizo en cana, pensada para que el viento circulara y ayudara a mitigar el calor. La lógica era simple: no se puede botar el dinero en algo cuyos resultados aún están por verse.

Después vino un momento inolvidable: el primer vuelo desde Nueva York. Fue tan significativo que provocó lágrimas. Era una aerolínea que ya no existe, un avión pequeño, pero para ellos significaba la confirmación de que el sueño comenzaba a conectarse con el mundo.

Hay también una imagen tomada en Miami, cuando vieron el letrero que anunciaba el primer vuelo directo hacia Punta Cana. Aquel anuncio, en uno de los aeropuertos más importantes del continente, fue una señal inequívoca de que el proyecto había dejado de ser invisible.

Las fotos siguieron mostrando el crecimiento: los hoteles, los manantiales, los trabajos sociales, la vida cultural.

Organizamos el primer el carnaval Punta Cana, celebrado en los años noventa en Higüey, en el cual se procuraba que  cada año se llevaba una carroza para darle mayor realce al destino. Con el tiempo, por razones ajenas al espíritu original de la fiesta, el carnaval se trasladó a Punta Cana, donde hoy se ha convertido en uno de los más visitados del país: una celebración abierta, viva, que convoca a miles y mantiene intacta su esencia popular. Algunos politicos higueyanos especularon – incluso en publico- que la intención era promoverme en la política. Equivocados, espero que Dios los haya perdonado.

El relato avanzó hacia otros hitos: la construcción de la marina, los primeros edificios, los pasos firmes hacia una infraestructura más compleja. Y luego llegó uno de los golpes más duros: el huracán George, que destruyó todo a su paso. Frente a la devastación, se mandó a hacer una camiseta con un mensaje claro y desafiante: “Puntacana vive”. Era una declaración de principios, una forma de decir que el proyecto no se rendía.

Días después, el presidente Leonel Fernández llegó en helicóptero y, al ver el aeropuerto completamente destruido, preguntó qué había pasado. La respuesta fue directa y sin dramatismo: cuando nació, nació sin nada; cuando comenzó Punta Cana, no había experiencia, ni dinero, ni siquiera la edad suficiente.

Pero ya se sabía cómo levantarse. Solo se pidió una cosa: que todo lo necesario para la reconstrucción no se quedara detenido en aduanas durante meses. Con eso bastaba.

Un segundo mensaje, dirigido con claridad a la prensa: No se promueva una imagen de desastre permanente. Se pidió evitar los llamados a donaciones de ropa y comida, como si el destino estuviera acabado. Lo que Punta Cana necesitaba no era caridad, sino confianza y turistas.

“Dejen trabajar” —fue la consigna—, que la reconstrucción se hará y el país saldrá adelante.

Y así fue. En poco tiempo, contra todo pronóstico, el destino volvió a levantarse, confirmando una vez más que la fortaleza de un proyecto no se mide solo por lo que construye en tiempos buenos, sino por la manera en que se reconstruye cuando todo parece perdido.

Apenas tres meses después del huracán ya se estaban abriendo las primeras habitaciones hoteleras. El golpe había llegado en septiembre y, para diciembre, todas las habitaciones estaban nuevamente en operación, generando empleo y riqueza.

De ahí nació una convicción firme: las malas noticias no hay que propagarlas sin medida; hay que difundir las buenas, las que levantan el ánimo y devuelven la confianza.

El Aeropuerto de Punta Cana resurgió con más fuerza. Luego vino el primer campo de golf, las casas club, los nuevos espacios de encuentro.

Aparecen escenas del carnaval, de aquellos años en Higüey, y después los letreros que cuentan otra historia menos visible, pero igual de reveladora: la reparación de la carretera.

Ante la negativa de intervenirla, el propio grupo asumió la obra, con permisos mínimos, colocando incluso un letrero que dejaba claro quién había hecho el trabajo. Un gesto testarudo, sí, pero también una declaración de carácter. Hoy esa etapa pertenece al pasado. La conciencia ha cambiado y el país entiende mejor la importancia del turismo.

Esa comprensión se refleja en la diversidad de sectores que lo integran: ingenieros, abogados, médicos, comerciantes. Todos forman parte de una misma cadena.

El turismo funciona porque integra, porque reparte, porque mueve la economía de manera horizontal. A diferencia de otros sectores, su impacto se distribuye, llega a muchos y genera oportunidades en todos los niveles. Por eso es tan determinante para la economía nacional.

El 24 de octubre del 1971, con la presencia del presidente Joaquín Balaguer, inauguramos el primer hotel que llamamos “Punta Cana Club”.

Llegó entonces una pregunta inevitable: ¿qué sostuvo tantos años sin ver beneficios y qué se hizo con el primer dinero recibido? La respuesta fue sencilla y honesta. Para resistir, hubo que multiplicarse, buscar pluriempleo, trabajar en todo lo que fuera posible. Eso no es una excepción; es la norma para quien quiere crecer.

El primer dinero no se gastó ni se celebró: se guardó. Se depositó como fondo de emergencia, pensando en la familia, en la posibilidad de una enfermedad, en la seguridad antes que en el lujo.

Así se llega al presente. Un presente donde el proyecto se expresa también en lo social. Un centro pediátrico que atiende a cientos de niños cada día, con un costo simbólico que garantiza dignidad y compromiso. La convicción es clara: lo que se regala no se valora; lo que cuesta, aunque sea poco, se cuida.

Esa misma lógica se aplicó en la educación, fijando cuotas accesibles pero reales, para que nadie pudiera decir que no podía pagar, sino que eligiera sus prioridades.

El crecimiento trajo nuevas necesidades. Los visitantes pedían espacios de compras, experiencias completas. Por eso surgió un centro comercial, pensado no como un capricho, sino como respuesta a una demanda real. Porque la industria no consiste solo en hacer lo que a uno le gusta, sino en entender lo que necesitan todos y construirlo con visión.

Así, el relato vuelve al mismo punto de partida: trabajo constante, sentido práctico y una filosofía clara. Nada regalado, nada improvisado, todo pensado para durar. Porque el verdadero desarrollo no se sostiene en promesas, sino en decisiones coherentes tomadas a lo largo del tiempo”.

He contado esto a los medios no como forma de auto-elogio. No. Agradezco la dedicatoria de esta Casita Dominicana, un esfuerzo que me honra. Solo he pretendido trabajar y difundir la filosofia del esfuerzo creativo. De trabajar por el bien común, con sentido de negocios que respete a sus gestores.

Info-bibliografía:

Historia oficial de Punta Cana:
https://grupopuntacana.com.do/es/historia/historia-del-grupo-puntacana

https://www.realestatepuntacana.com/es/historia-del-sector-inmobiliario-en-punta-cana/

https://www.puntacanainternationalairport.com/es/about-us/history

José Rafael Sosa

José Rafael Sosa

José Rafael Sosa es un periodista, gestor cultural y crítico de cine y teatro dominicano con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. ha trabajado en grandes diarios como El Nacional, La Noticia y El Nuevo Diario; revistas como ¡Ahora! y Semanario Firme; radio en Radio Central, Radio Mil Informando y Cadena de Noticias; y televisión en programas de Color Visión como La Super Tarde y Super Revista. Fundador en 2008 de www.joserafaelsosa.com y autor de libros de literatura. En la actualidad, edita los medios institucionales www.adompretur.com y www.elcooperadordigital.com, además de contribuir a ensegundos.do y remolacha.net. Ganador de diversos premios nacionales de periodismo desde 2007 hasta la fecha, Sosa destaca por su compromiso con la promoción de la cultura dominicana, combinando periodismo investigativo con análisis profundos de artes escénicas y eventos literarios.