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¿Qué pasó con los premios Óscar?

El canon ya no lo construyen los premios, sino el tiempo, la conversación y la comunidad. La ceremonia sigue existiendo, la alfombra roja permanece y las esencial se ha perdido: el peso.
Este reflexivo se reproduce para que pensemos todos en torno al significado real e histórico de los premios en el cine más famosos. La intención no es denostar y restar brillo a nada o nadie.

Es provocar la conversación que tienda a mostrar perfiles ocultos, si los hay, y características no tan obvias, si las hay. Recomiendo este canal por su visión crítica, la facilidad expositiva y la postura ética.

El texto ha sido adaptado de su lenguaje oral coloquial, al texto escrito, respetando el valor de las ideas expuestas.

Sería una buena acción reenviar a conocidos amantes del cine. Y suscribirse a ese canal, por la seriedad del expositor, su meridiana claridad y la necesidad de divulgar este enfoque alternativo al discurso oficial. Incluimos la versión original digital Youtube:

El mensaje:

“Durante décadas, los premios Óscar fueron la medida del cine.

El espacio donde se decidía qué películas serían recordadas y cuáles desaparecerían para siempre.

Ganar un Óscar no era solo obtener un galardón: era entrar en la historia, convertirse en referencia, formar parte de algo más grande que la taquilla o la moda del momento.

Hoy, sin embargo, ocurre algo distinto. Cada año, cuando se anuncian los nominados, la reacción ya no es emoción, sino sospecha, cansancio o indiferencia. La mayoría del público no se pregunta si verá la gala; simplemente revisa después, en redes sociales, quién ganó. No porque las películas sean malas ni porque el cine haya muerto. El problema es otro, más incómodo y más profundo.

Los premios Óscar han pasado de ser una cita ineludible a necesitar gestos extremos para llamar la atención. Para entender por qué, es necesario analizar varios factores que han erosionado su peso cultural y simbólico.

El primer punto es fundamental: los Óscar nunca fueron objetivos. Cuando un actor sube al escenario y agradece a “la Academia”, pocas veces se cuestiona qué es realmente esa entidad.

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas no nació como una institución dedicada exclusivamente a celebrar el arte. Su fundación, en pleno auge del sistema de estudios de Hollywood, respondió a una necesidad industrial concreta.

En una época marcada por contratos abusivos, jornadas inhumanas y una creciente organización sindical de actores, guionistas y técnicos, la industria creó una estructura elegante y prestigiosa que funcionara como mecanismo de control y mediación.

La Academia surgió para desactivar conflictos laborales, ordenar la industria y establecer jerarquías simbólicas. Este origen está documentado y forma parte de la historia del cine.

Esto no convierte automáticamente a los Óscar en algo negativo, pero sí deja claro un punto esencial: nunca fueron neutrales. Con el tiempo se consolidaron como el premio más importante del cine, pero su sistema de votación siempre ha sido poco transparente, difuso y cambiante. No es claro quién vota, cuántas personas lo hacen, con qué criterios ni en qué condiciones se ven las películas.

Cuando los sistemas de elección no son visibles ni verificables, se instala una sensación inevitable: gana quien hace la mejor campaña, no necesariamente quien hace el mejor cine.

A lo largo de los años, la Academia intentó corregirse modificando reglas, categorías y requisitos. Sin embargo, muchas de esas reformas produjeron el efecto contrario: premios previsibles, narrativas obvias y ganadores que parecen anunciados de antemano.

Cuando un premio pierde la sorpresa, pierde también su emoción. Hoy, con frecuencia, no gana la mejor película, sino la que mejor cumple con un conjunto de requisitos implícitos. Esto se percibe con claridad en la ceremonia, donde se evidencia el segundo gran problema: el desprecio hacia los técnicos.

Si se quiere entender qué valora realmente la Academia, basta con observar el tiempo que se les concede en el escenario.

Las categorías técnicas suelen ser apuradas, interrumpidas por música, con micrófonos cortados y discursos reducidos al mínimo. Sonido, montaje, edición, diseño de producción: las áreas que literalmente construyen las películas son tratadas como un trámite incómodo.

Mientras tanto, abundan los sketches olvidables, los chistes diseñados para viralizarse y los momentos pensados para las redes sociales. Técnicos que hicieron posible que una película se vea y se escuche de manera extraordinaria agradecen a contrarreloj, mientras actores y directores disponen de largos minutos para discursos personales o posicionamientos coyunturales.

Esto resulta especialmente grave si se considera que una película puede sobrevivir a una mala actuación o a un guion flojo, pero no a un mal montaje, un sonido deficiente o una fotografía descuidada.

El cine es técnica, ritmo, atmósfera y construcción de lo invisible. Sin embargo, los Óscar relegan sistemáticamente a quienes hacen posible esa dimensión esencial.

La ceremonia ha optado por celebrar rostros conocidos y momentos diseñados para circular en redes, dejando de lado la pedagogía cinematográfica. Explicar el montaje, el sonido o el diseño de producción parece incómodo, poco viral, poco rentable en términos de espectáculo.

El mensaje implícito es claro: gracias, pero sigan adelante, no es tan importante.

Cuando una institución deja de respetar a quienes realizan el trabajo, pierde su autoridad cultural. La cultura se sostiene en el respeto al proceso, no solo al resultado, a la fama o al espectáculo.

En algún momento, la ceremonia decidió competir no con otras premiaciones, sino con TikTok y la lógica de la viralidad. Al intentar ser más entretenida que el arte que celebra, terminó minimizándolo.

Esto conduce al tercer punto, el más decisivo: el impacto de las redes sociales. Durante mucho tiempo, las entregas de premios cumplían una función clara. Eran una ventana colectiva, un ritual que ordenaba el año cinematográfico, un espacio donde se descubrían películas, se construía canon y se concentraban atención, prestigio y conversación.

Hoy esa función está rota. No porque el cine haya cambiado, sino porque el mundo lo hizo. La cercanía con los actores ya no depende de una gala anual: existe todos los días a través de redes, entrevistas, podcasts y campañas de marketing diseñadas para parecer espontáneas. Lo que antes era exclusivo se volvió cotidiano y perdió su valor simbólico.

Cuando una institución no entiende que su función dejó de ser necesaria, no se adapta: sobrevive por inercia.

Durante décadas, ganar un Óscar significaba entrar en el canon.

Hoy, muchos ganadores desaparecen de la conversación en pocos meses, mientras películas ignoradas por la Academia se convierten en clásicos contemporáneos.

El canon ya no lo construyen los premios, sino el tiempo, la conversación y la comunidad.

En la actualidad, la autoridad cultural no desciende desde una institución abstracta, sino que se construye horizontalmente. El público confía más en personas con criterio reconocible que explican por qué aman una película, que en organismos con reglas difusas y decisiones previsibles.

Los Óscar no fueron reemplazados: fueron superados por nuevas formas de conversación cinematográfica.

La ceremonia sigue existiendo, la alfombra roja permanece y las estatuillas se entregan, pero algo esencial se ha perdido: el peso.

Ya no definen carreras como antes, no ordenan el año cinematográfico ni generan descubrimientos masivos.

Al final, lo que queda de la gala no son debates estéticos ni reflexiones profundas, sino clips virales, momentos incómodos y memes pasajeros.

El premio dejó de hablar de cine para hablar de sí mismo.

La pregunta ya no es si los Óscar están bien o mal, sino si se han quedado en el tiempo. Y quedarse en el tiempo es peligroso.

No solo para el cine, sino para cualquier institución que pretenda seguir siendo relevante en un mundo que ya cambió”.
(Tomado del canal Youtube argentino Me atrapaste/Es Cine)

José Rafael Sosa

José Rafael Sosa

José Rafael Sosa es un periodista, gestor cultural y crítico de cine y teatro dominicano con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. ha trabajado en grandes diarios como El Nacional, La Noticia y El Nuevo Diario; revistas como ¡Ahora! y Semanario Firme; radio en Radio Central, Radio Mil Informando y Cadena de Noticias; y televisión en programas de Color Visión como La Super Tarde y Super Revista. Fundador en 2008 de www.joserafaelsosa.com y autor de libros de literatura. En la actualidad, edita los medios institucionales www.adompretur.com y www.elcooperadordigital.com, además de contribuir a ensegundos.do y remolacha.net. Ganador de diversos premios nacionales de periodismo desde 2007 hasta la fecha, Sosa destaca por su compromiso con la promoción de la cultura dominicana, combinando periodismo investigativo con análisis profundos de artes escénicas y eventos literarios.