Thomas Shelby vuelve a casa. Tras haberlo conseguido casi todo, el imperio criminal, el dinero, el poder y la influencia, aquel hijo de las callejuelas más míseras de Birmingham atormentado por los fantasmas de la Primera Guerra Mundial regresa a Small Heath, regresa al Garrison, regresa a los túneles de una ciudad en guerra. Igual que él, Cillian Murphy vuelve a casa. Después del huracán Oppenheimer, de los premios y los flashes, el irlandés se reencuentra con la escritura de Steven Knight y un papel que es como una segunda piel.
Peaky Blinders: El hombre inmortal no es un cierre necesario. Tampoco uno a la altura de la serie. El fenómeno criminal protagonizado por Murphy bajo la gorra afilada y el abrigo con olor a tabaco y whisky de Tommy ya tuvo un recorrido perfecto con un cierre redondo al final de la sexta entrega, un cierre ambiguo, espectral, que conectó con la raíz gitana del protagonista.
Este cierre extra a modo de película representa otro regreso al origen; vuelve a Small Heath, a los túneles bajo una Europa bombardeada y al seno de una familia menguada por la guerra externa, pero sobre todo la interna. Es en el magnetismo de Murphy y los arrepentimientos de Tommy, estancado en una mansión fantasmal, expiando sus pecados en una novela, donde El hombre inmortal justifica su existencia.
Cillian Murphy encuentra una nueva capa de desesperanza y desgarro en un personaje al que siempre sabe sacar algo más. La contención y el misterio con los que siempre envuelve a Tommy surten un efecto embriagador, y se elevan en la atmósfera solitaria y escapista que lo acompaña. El protagonista arranca la película empequeñecido, renegando del gánster que fue, pero cuando vuelve a ponerse su abrigo, se sube al caballo y suena Red Right Hand, su presencia imponente resurge.
El hombre inmortal es la historia de Tommy, o más bien su cierre, pero también pasa el testigo a una nueva generación de Peaky Blinders, comandados por Duke (Barry Keoghan), el hijo mayor del rey gitano. Y es justamente ahí, no en el final de uno sino en el comienzo de otros, donde la película trastabilla.
Duke, un personaje taciturno que sin embargo despertaba cierta curiosidad en la sexta temporada, se limita al arquetipo de chaval desatado con heridas de abandono y Keoghan no parece encontrarse cómodo en su piel hasta el tercer acto. Esta dolencia aqueja a los principales fichajes del filme, como Rebecca Ferguson y Tim Roth, que no terminan de arrancar con sus personajes. Intrigan pero no explotan.
Más allá de apuestas, mafias, rusos y fascistas, esta siempre ha sido una ficción de personajes, un universo que ha concebido a Polly (Helen McCrory), a Alfie (Tom Hardy), a Ada (Sophie Rundle, que sí regresa), a Arthur (Paul Anderson), a Luca (Adrien Brody) y a Aberama (Aidan Gillen). Sin embargo, los protagonistas de Keoghan, Ferguson y Roth parecen un boceto perezoso de los grandes antihéroes y enemigos de la serie.
El hombre inmortal homenajea a Peaky Blinders de principio a fin, aludiendo a viejos momentos y añorados protagonistas, recuperando el origen pero con el telón de fondo político de las últimas temporadas. La Segunda Guerra Mundial no es sino el espejo de esa Primera Guerra Mundial que transformó a los Shelby antes de que llegáramos a sus vidas, que los hizo tal y como los conocimos. Es la última parte de la disección de una sociedad de entreguerras a través de una familia casi enterrada por completo, un golpe definitivo de dolor, culpa y trauma en una pelea embarrada con cerdos, en un bar reconquistado al son de Fontaines D.C.
Thomas Shelby puede descansar tranquilo: Cillian le ha dado un final épico, nostálgico, Brummie, no tan exquisito como los desenlaces de las temporadas 2 y 6, pero sí satisfactorio en su segunda mitad, familiar, con Tommy en brazos de su hijo antes de reunirse con esos otros vástagos, tías, esposas y hermanos caídos. Sin embargo, el futuro de Peaky Blinders, con una secuela ambientada en la Birmingham de 1953 en el horizonte, no encuentra en este filme una base sólida.
En determinado momento de la película, la cámara mira a Duke (Keoghan) y el guion reflexiona sobre la dificultad de ser el hijo de Thomas Shelby. Tal vez ese sea el problema, que la sombra del padre es demasiado alargada, igual que la de Murphy, magistral en su última escena, condenatorio para un universo que pretende seguir sin él.



