El enigma que durante casi cuatro décadas rodeó a John Anthony Quinn quedó finalmente esclarecido en diciembre, cuando el FBI confirmó su identidad tras su fallecimiento en un hospital de Carolina del Norte. El hombre era buscado por su presunta participación en el robo de 1.3 millones de dólares en 1988 en Florida, y logró evadir la justicia durante años utilizando múltiples identidades.
El caso volvió a la atención pública luego de que las autoridades informaran que la identificación fue posible gracias a la comparación de huellas dactilares post mortem con los registros del histórico robo a la empresa Federal Protection Service en Riviera Beach. Quinn, quien tenía aproximadamente 85 años al morir, vivió más de la mitad de su vida bajo al menos cinco alias, incluyendo Dale Calvin Cluckey, Jack Quinn, James Sullivan y Jim Klein.
El robo ocurrió el 9 de abril de 1988, cuando Quinn, entonces gerente de una sucursal de la empresa de transporte de valores, aprovechó su acceso a la bóveda para sustraer grandes sumas de dinero. Según los informes, trasladó el efectivo a cajas y luego al maletero de un vehículo corporativo. Posteriormente, habría llevado el dinero en maletas hasta un aeropuerto, desde donde desapareció sin dejar rastro.
Su repentina desaparición sorprendió a familiares y compañeros de trabajo. Horas después, su esposa alertó a las autoridades y encontró 107 mil dólares en el vehículo, junto a una nota manuscrita en la que Quinn admitía haber cometido “algo muy grave”. Sin embargo, la mayor parte del dinero robado nunca fue recuperada.
Durante décadas, el caso fue difundido en programas como Unsolved Mysteries y America’s Most Wanted, sin resultados concretos. Las investigaciones revelaron que Quinn utilizó diversas identidades y fechas de nacimiento para evitar ser localizado, manteniendo un perfil bajo en distintos estados del país.
La clave para resolver el caso llegó tras su muerte, cuando el laboratorio del FBI logró vincular sus huellas con los archivos del robo de 1988. En este proceso también colaboraron autoridades estatales y la policía local de Asheville.
Al momento de su fallecimiento, Quinn enfrentaba cargos federales por fuga ilegal para evitar ser procesado, así como cargos estatales por hurto mayor en primer grado. Durante años fue considerado uno de los fugitivos más buscados de finales del siglo XX.
A pesar de que su identidad fue finalmente confirmada, aún quedan preguntas sin respuesta. No se sabe qué ocurrió con los casi 1.3 millones de dólares robados, ni cómo vivió durante su tiempo oculto en Carolina del Norte. Tampoco se ha determinado si mantuvo contacto con familiares o si estuvo involucrado en otros delitos.
El caso, que permaneció abierto por casi 40 años, fue cerrado gracias a los avances en tecnología forense, marcando el fin de una larga búsqueda que logró evadir a varias generaciones de investigadores.



