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Amacenes de personas: La vida detrás de los complejos habitacionales

En muchos complejos habitacionales modernos ocurre una paradoja que pocas veces se discute. Miles de personas viven a escasos metros unas de otras, comparten pasillos, escaleras, ascensores y estacionamientos, pero en realidad son completos desconocidos.

Hay vecinos que llevan años viviendo puerta con puerta sin haberse saludado más de dos o tres veces. Algunos incluso se cruzan diariamente al salir de sus apartamentos y apenas intercambian una mirada. Otros viven frente a frente y jamás han conversado.

La escena se repite en numerosos proyectos residenciales de bajo, mediano e incluso alto costo. La vida moderna parece haber convertido los apartamentos en pequeños refugios individuales donde cada familia vive encerrada en su propio mundo.

La rutina tiene mucho que ver con ello.

Miles de trabajadores salen de sus hogares antes de las seis de la mañana para enfrentar largos recorridos hacia sus empleos. Algunos pasan una o dos horas en el tránsito para llegar a sus lugares de trabajo. Al finalizar la jornada, deben repetir el mismo recorrido de regreso.

Cuando finalmente llegan a casa, el cansancio físico y mental es tan grande que la mayoría solo piensa en cenar, bañarse, descansar y prepararse para el día siguiente.

No hay energía para compartir con los vecinos. No hay tiempo para sentarse en un parque, conversar en una acera o participar en actividades comunitarias. La vida se reduce a una rutina casi mecánica: despertar, trabajar, regresar, encerrarse y volver a comenzar.

Con el paso del tiempo, muchos complejos terminan convirtiéndose en enormes ciudades dormitorio. Lugares donde cientos o miles de personas duermen bajo el mismo proyecto habitacional, pero donde las relaciones humanas son cada vez más escasas.

Lo más preocupante es que esta falta de contacto también afecta el sentido de comunidad. Cuando los vecinos no se conocen, resulta más difícil construir confianza, resolver conflictos o desarrollar la solidaridad que tradicionalmente caracterizaba a los barrios dominicanos.

Atrás parecen quedar aquellos tiempos en los que las personas conocían a quienes vivían en la casa de al lado, compartían un café en la galería o se ayudaban mutuamente ante cualquier necesidad.

Hoy es posible vivir durante años en un edificio sin saber siquiera el nombre de quien reside al otro lado de la pared.

La vivienda propia representa un logro importante para cualquier familia, pero cada vez más expertos coinciden en que la calidad de vida no depende únicamente de tener un apartamento. También depende de sentirse parte de una comunidad.

Porque una ciudad no solo se construye con edificios. También se construye con relaciones humanas. Y cuando esas relaciones desaparecen, miles de personas pueden terminar viviendo rodeadas de vecinos y, aun así, sentirse completamente solas.

Amaury Mo

Amaury Mo

Amaury Moreno (Amaury Mo) Comunicador digital, director creativo de Ensegundos.do desde 2007.