Un estudio sostiene que las personas con menos recursos económicos suelen enfrentar más obstáculos para desarrollar una vida sexual satisfactoria. Algunas de las grandes dificultades derivadas de la pobreza son: inseguridad habitacional y falta de privacidad, mayor vulnerabilidad y exposición a la violencia, peor acceso a la salud sexual y reproductiva e impacto desigual según género, raza y orientación sexual. Se concluye que el bienestar sexual también es un tema de justicia social, salud pública e igualdad estructural.
Otro estudio, publicado en 2013, con base poblacional, que incluyó a 7.384 personas sexualmente activas de 16 años o más, residentes en España en 2009. Según este trabajo, las clases sociales más bajas reportaban menor satisfacción sexual, tenían peor salud percibida, mayor carga doméstica y más estrés económico; y estos efectos eran más fuertes en las mujeres.
Una economía precaria es facilitadora de peleas y riñas en la pareja. Sí, además, alguno de los miembros tiene más poder adquisitivo que el otro, se pueden establecer relaciones de poder y la posibilidad de separación se dispara.
La salud sexual depende de factores que van más allá de lo puramente biológico o psicológico. El bienestar emocional está vinculado a la autonomía y a la capacidad de comunicación en la pareja, elementos que se ven obstaculizados cuando existen preocupaciones financieras o falta de redes de apoyo.



