En Lluvina, una comunidad rural de Bayaguana, una sola aula sostiene la educación de diez niños. Es la escuela Pedro Henríquez Ureña, un plantel que ha visto cómo su matrícula se reduce año tras año porque las familias se van del lugar. Su director, además, da clases y cobra únicamente como maestro.
Una comunidad que se vacía poco a poco
Lluvina ha perdido habitantes con el paso del tiempo. Muchos se fueron en busca de trabajo o de mejores opciones de estudio, y con ellos se fue también buena parte de la población infantil.
Según explicó el director Manuel Antonio Rosario, algunos de los niños que aún quedan son hijos de personas que llegaron de otras comunidades o municipios a trabajar en las fincas de la zona.
De acuerdo a Yari Tapia en Diario Libre, los estudiantes tienen entre 5 y 12 años. Hay uno en primero, tres en segundo, tres en cuarto y tres en quinto.
Cuatro grados, un aula y tres maestros
Como los grados comparten el mismo espacio, la escuela funciona bajo la modalidad multigrado. Primero y segundo van juntos, y cuarto y quinto forman otro grupo. Cuando los contenidos coinciden, los niños trabajan en conjunto con actividades ajustadas a cada nivel. Cuando no coinciden, cada grupo recibe una tarea distinta.
El centro tiene tres docentes. Rosario dirige la escuela y da la mayor parte de las asignaturas. Una maestra contratada por el Ministerio de Educación se encarga de Formación Humana y Artística, y otro profesor imparte Educación Física. Entre los tres sostienen una tanda extendida.
Apagones, calor y sin comedor
Las condiciones del plantel no lo ponen fácil. Los apagones son frecuentes y la escuela no tiene un inversor para mantener la energía, así que las clases continúan bajo un calor fuerte cuando se va la luz.
El edificio actual cuenta con un aula y un baño, pero no tiene comedor. Por eso los niños almuerzan al aire libre, sentados en bancos del patio. Antes, la escuela funcionaba en una pequeña estructura de madera con piso de tierra.
¿Trasladar la escuela? El director dice que no
La escuela de la comunidad de El Copey queda a poca distancia, pero Rosario considera que mudar el plantel tendría un impacto mayor que el tiempo de traslado: la comunidad se quedaría sin escuela y, según él, vacía.
El director admite que el futuro del centro depende en parte de que sigan llegando estudiantes. Los diez de hoy crecerán y podrían irse, como pasó con generaciones anteriores. Mientras tanto, tienen un lugar cerca de casa donde estudiar.
Casi 25 años en escuelas rurales
Rosario está próximo a cumplir 25 años en el magisterio, luego de un año previo como voluntario. Empezó en una escuela de El Valle, la comunidad donde nació y creció, y allí vio cómo la población fue disminuyendo hasta que el lugar desapareció.
Esa experiencia le enseñó que una escuela con pocos alumnos puede tener muchas responsabilidades. En Lluvina atiende cuatro grados y cumple a la vez con las tareas administrativas de la dirección, pero solo recibe el sueldo de maestro. Para él, «Ser maestro no es un trabajo, es una labor social».
El pedido al Ministerio de Educación
Rosario pide que Educación reconozca la labor de los docentes que dirigen escuelas unitarias y siguen impartiendo clases. Señala que cumplen funciones de dirección y de enseñanza, pero solo se les paga por la parte docente.
Para él, mientras haya familias con niños en Lluvina que necesiten estudiar cerca de casa, la escuela tiene razón de seguir abierta. Son pocos alumnos, pero para la comunidad valen mucho más que un número en la matrícula.



