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Otros tiempos, los mismos héroes

Un Boeing 737 MAX de la aerolínea Flydubai despegó desde Dubái con destino a Tel Aviv. Parecía un vuelo comercial rutinario, hasta que, aproximadamente dos horas después del despegue, se desató una crisis en la cabina de mando.

El vuelo FDB1073 emitió primero el código internacional de emergencia 7700 y, por breves instantes, el 7500, señal protocolar utilizada para advertir sobre una posible interferencia ilícita o secuestro. Posteriormente, los datos públicos de seguimiento de vuelo registraron una maniobra extraordinaria: la aeronave descendió abruptamente desde los 34.000 hasta los 17.000 pies de altitud, experimentando un aumento considerable en su velocidad.

Mientras tanto, en la cabina de pasajeros se desconocía la magnitud del incidente. Según la información preliminar, el copiloto habría atacado al capitán con un arma blanca. La tragedia se evitó gracias a la rápida intervención de un grupo de pasajeros, quienes lograron reducir y maniatar al agresor, mientras que algunos pilotos que viajaban fuera de servicio asumieron un rol decisivo para recuperar el control de la aeronave. Finalmente, el avión logró realizar un aterrizaje de emergencia exitoso en Tabuk, Arabia Saudita.

Las autoridades saudíes tienen ahora a su cargo una investigación crucial para determinar la cronología de los hechos, la intención y, fundamentalmente, el móvil del copiloto. Este último elemento resulta vital; si bien existen declaraciones de autoridades israelíes que sugieren un intento deliberado de derribar el avión, el rigor de la investigación exige mantener una frontera clara entre los hechos comprobados y aquello que todavía debe demostrarse.

Existe, sin embargo, un hecho irrefutable: ante el peligro inminente, hubo personas a bordo que decidieron actuar. No eran miembros de un escuadrón táctico con meses de entrenamiento para dicha misión, ni abordaron el vuelo con la intención de ejecutar un rescate. Eran civiles que simplemente esperaban llegar a su destino. Entre ellos se encontraban también profesionales de la aviación fuera de turno, cuya pericia resultó providencial.

Es aquí donde la historia cobra un eco extraordinariamente familiar. Exactamente 50 años antes, otro vuelo comercial había unido también su historia trágicamente a Tel Aviv.

ENTEBBE: Cuando los héroes tuvieron que volar 4,000 kilómetros.

El 27 de junio de 1976, el vuelo 139 de Air France, operado por un Airbus A300, cubría la ruta desde Tel Aviv hacia París con escala en Atenas. Tras despegar de la capital griega, cuatro secuestradores tomaron por la fuerza el control del avión, desviándolo primero hacia Libia y, finalmente, al aeropuerto de Entebbe, en Uganda.

Para comprender plenamente el desarrollo de esta crisis, existe un elemento contextual fundamental: el comando terrorista no aterrizó simplemente en un aeropuerto extranjero. Llegaron a un país cuyo régimen, liderado por el dictador Idi Amin, les brindó apoyo y cooperó activamente mediante el despliegue de fuerzas ugandesas en la terminal. Allí, los pasajeros israelíes y judíos fueron segregados del resto de los rehenes, mientras los captores exigían la liberación de prisioneros afines a su causa.

Israel se enfrentaba a una encrucijada diplomática y militar que parecía casi imposible de resolver. Los rehenes estaban cautivos en el corazón de África, a unos 4.000 kilómetros de distancia, custodiados por secuestradores al amparo de un Estado colaborador. Esta vez, los héroes tendrían que llegar desde muy lejos. En la noche del 3 al 4 de julio, las fuerzas especiales israelíes despegaron con rumbo a Uganda.

Planificada en un lapso de tiempo extraordinariamente corto, la incursión requirió el traslado logístico de tropas, aeronaves, vehículos, equipos de inteligencia y personal médico a miles de kilómetros de Israel. El objetivo era audaz: irrumpir por sorpresa en el aeropuerto de Entebbe, localizar a los rehenes, liberarlos y emprender el retorno. La sola distancia de aproximadamente 4.000 kilómetros permite dimensionar la magnitud y el riesgo estratégico de la operación.

Los comandos israelíes penetraron en la terminal, neutralizaron a los secuestradores y consiguieron rescatar a la gran mayoría de los cautivos. Sin embargo, el éxito táctico cobró un alto precio. Tres rehenes fallecieron durante la operación, al igual que el comandante de la fuerza de asalto, el teniente coronel Yonatan “Yoni” Netanyahu, líder de la unidad de élite Sayeret Matkal. En su honor, la misión pasaría a la historia bajo el nombre de Operación Yonatan.

En Entebbe, los héroes portaban uniforme. Eran militares que habían recibido una orden, contaban con adiestramiento táctico y recorrieron 4.000 kilómetros para salvar vidas. Cincuenta años después, en el vuelo de Flydubai, los primeros en actuar ya se encontraban a bordo.

Si bien no son escenarios estrictamente equivalentes —en 1976 se trató de una operación militar milimétricamente preparada y en 2026 fueron personas enfrentadas de forma repentina a una situación extrema a miles de pies de altura— existe un hilo conductor insoslayable. En ambos casos, la experiencia de individuos clave (como los pilotos fuera de servicio de 2026) pudo ser decisiva, pero lo que verdaderamente une ambas historias es el factor humano.

En 1976, los héroes tuvieron que volar 4.000 kilómetros para llegar hasta el peligro. En 2026, los héroes ya estaban allí.

La seguridad comienza en tierra

El incidente de Entebbe marcó además una época que transformó profundamente el paradigma israelí de la seguridad aérea. La aerolínea nacional EL AL es, quizás, el máximo exponente de esta doctrina. Tras la oleada de secuestros y atentados que definieron aquellas décadas, Israel desarrolló un sofisticado sistema multicapa: estrictos controles previos al embarque, blindaje sistemático del cockpit y protocolos enfocados en identificar el riesgo mucho antes de que se acerque al avión. La premisa es clara: la seguridad de un vuelo comienza invariablemente en tierra.

El reciente suceso de Flydubai, sin embargo, plantea un interrogante diferente para la industria. Ya no basta con escudriñar a quienes abordan la aeronave como pasajeros; resulta igualmente crucial evaluar quién forma parte de la tripulación y quién recibe, literalmente, los controles del avión.

Los procedimientos operativos pueden cambiar y la tecnología evoluciona a la par de las nuevas amenazas. No obstante, cincuenta años de historia parecen demostrar una máxima inalterable: cuando llega el momento en que un protocolo ya no es suficiente, la supervivencia puede depender exclusivamente de una persona dispuesta a actuar.

Entebbe, 1976. Flydubai, 2026. Otros tiempos. Los mismos héroes.

Ensegundos.do

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