Liberia quema los cadáveres, con o sin ébola

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MONROVIA. A 15 km de Monrovia, una camioneta cargada de cadáveres para ante un recinto de muros altos ennegrecidos. Desde hace varias semanas, el virus del Ébola obliga a llevar todos los muertos al crematorio, por si acaso.

Ebola

Bajo un tejado de uralita, todavía humea un montículo de cenizas de dos metros de alto de lo que parecen ser huesos.

Un joven con mascarilla de papel abre una doble puerta metálica, por la que un coche entra en un patio rodeando una pila de madera utilizada como combustible.

Tanto si han muerto de fiebre hemorrágica como si no, “los quemamos a todos. Son las instrucciones del ministerio de Salud”, explica Victor Lacken, portavoz de la Cruz Roja, encargado de la recogida en la capital.

Es tras la muerte de una persona cuando el virus es especialmente contagioso, explica Laurence Sailly, coordinadora de Médicos Sin Fronteras (MSF). “Los cuerpos se convierten entonces en un lugar magnífico para el virus del Ébola para seguirse multiplicando, ya que el sistema inmunitario no funciona más”.

“No se sabe cuánto tiempo los cuerpos siguen siendo contagiosos. Por eso hay que quemarlos cuanto antes, o enterrarlos a más de dos metros de profundidad. Aquí, se ha tomado la decisión de quemarlos porque la capa freática es muy alta”, dice.

“En julio algunos fueron enterrados en zonas pantanosas y subieron de nuevo a la superficie”, recuerda.

Pero “la incineración está mal vista culturalmente” en el país, afirma Laurence Sailly.

Y eso a pesar de que la epidemia va en aumento, sobre todo en Liberia, con más de la mitad de los alrededor de 3.000 muertos en África occidental. Algunas ONG y la Organización Mundial de la Salud (OMS) predicen miles, e incluso decenas de miles de muertos más en los próximos meses.

“Es difícil explicarle a la gente que no debe ocuparse de sus parientes ni enterrarlos de forma tradicional”, reconoció el martes el ministro de Industria y Comercio liberiano Axel Addy, que califica estas prácticas de “autopista para la propagación”.

Todo ello complica la recogida de cuerpos.

“Hay muchas protestas, y resistencia por parte de las familias”, cuenta Alex Wiah, jefe de un equipo, vestido con ropa aislante para ir a buscar un cuerpo al barrio de Mamba Point, en el centro de Monrovia.

“A veces la gente es agresiva. Tiene miedo y no confía en el gobierno”, replica Johnson Chea, un asistente social de la “unidad especial Ébola” del barrio.

“Entonces hablamos con ellos, para calmarlos”, añade Alex Wiah.

– Salario del miedo –

A sus 32 años Wiah no parece traumatizado con su nuevo oficio. “Antes de la epidemia era embalsamador” en las pompas fúnebres, cuenta riendo.

Y los asustadizos se consuelan con el salario: 1.000 dólares (788 euros) por mes, una fortuna en Liberia.

La temporada de las lluvias complica su tarea. “Es mucho más peligroso cuando llueve. El virus (que se transmite a través de los fluidos pero no por el aire) se propaga con el agua”, explica Alex Wiah.

Por eso el equipo espera a que escampe. Pasa una hora y por fin para de llover. Entonces se acercan al lugar.

En una pequeña casa pintada de azul descansan los restos mortales de Theresa Jakobs, de 24 años. Murió la víspera. Los recogedores desinfectan el interior del edificio y el cuerpo, que introducen en un saco mortuorio y lo colocan en una camilla. Acto seguido se van.

Ponen el saco en la parte de atrás de una pequeña camioneta. Luego se quitan la ropa especial siguiendo un protocolo preciso y largo: un cuarto de hora para ponérsela y otro tanto para quitársela.

Aquí las precauciones parecen estar de más. “Se murió de un cáncer de hígado. Llevaba años enferma”, afirma Johnson Chea. Solo con este cuerpo tardaron casi dos horas.

Sin demorarse, el convoy pone rumbo a otro lugar para continuar con su siniestra tarea sin fin.

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