Burgas, Bulgaria . «Iliana se fue a Grecia embarazada. A su regreso dijo que el niño había muerto al nacer». Pero en su gueto gitano de Bulgaria nadie se lleva a engaño: seguramente fue vendido del otro lado de la frontera.

Bebe

«Es muy difícil probar los hechos. Las mujeres son víctimas pero a menudo son ellas las que intentan vender un bebé, y no cooperan para que se pueda acusar a los traficantes», suspira Ivan Kirkov, jefe de la fiscalía de Burgas (sudeste), prefectura a orillas del mar Negro.

El tráfico de recién nacidos echó raíces en los guetos gitanos de la región hace unos 15 años, pero también afecta a otras provincias como la de Varna (nordeste), Aitos, Karnobat, Yambol, Sliven (sudeste) o Kazanlak (centro).

«Iliana estaba embarazada cuando se fue a Grecia (…) Es el tercer bebé que vende», susurra una mujer de Ekzarh-Antimovo, una aldea pobre a 40 km de Burgas.

Otra habitante de la aldea será juzgada por haber vendido un bebé en Grecia. No quiere hablar con los periodistas de la AFP. «No soy la que buscan», protesta esta mujer rechoncha de cabello teñido de rojo.

Su pequeña casa blanca se distingue de las casuchas decrépitas donde las familias numerosas duermen en el suelo, muchas veces sin agua corriente ni electricidad.

«Alrededor del 97% (de los gitanos) son iletrados», explica el alcalde de Ekzarh-Antimovo, Sachko Ivanov. La venta de bebés es «un fenómeno aislado, limitado a los más marginales». Pero «las hubo y las seguirá habiendo porque la miseria es profunda», observa.

 3.500 euros por bebé 

La legislación griega sobre la adopción favorece de alguna manera esta actividad delictiva. Y es que acepta las adopciones «privadas» basadas en un acuerdo ante notario con la madre biológica. Las transacciones financieras quedan proscritas, pero delincuentes, abogados, notarios y hasta médicos participaron en ellas.

Un mecanismo descrito con todo lujo de detalles en una investigación reciente de la cadena de televisión búlgara Nova.

«Tres o cuatro traficantes controlan el mercado griego», vendiendo «5 o 6 bebés por mes», afirma Plamen Dimitrov, un gitano de Burgas encargado del transporte de las madres a Atenas, que cita el caso de una mujer que vendió a ocho niños.

El jefe de la red se embolsa, según él, unos 12.700 euros (14.000 dólares) por transacción, de los cuales 3.500 euros (3.900 dólares) son para la madre biológica, una suma importante en Bulgaria, donde el salario medio es de 470 euros (520 dólares) por mes.

Durante los cinco últimos años, 16 personas fueron condenadas por este delito en la región de Burgas. En 2015, 27 personas fueron inculpadas por el tráfico de 31 mujeres embarazadas sospechosas de haber vendido 33 bebés en los últimos años. Tres juicios están en curso.

Normalmente los condenados reciben una pena condicional, salvo en el caso de reincidencia.

En Grecia se han desmantelado varias redes. En 2014, la policía griega intervino en el momento de la entrega de un bebé de 21 días contra 10.000 euros.

En 2015, el informe del Departamento de Estado estadounidense sobre el tráfico de seres humanos citaba a Bulgaria como «una de las principales fuentes» en la materia en la Unión Europea. Los informes de la UE denuncian la ineficacia del aparato judicial del país y la corrupción.

‘No estoy en venta’

En Kameno, una pequeña ciudad a 15 km de Burgas, las autoridades apuestan por la prevención.

Aquí, los traficantes «llevan mujeres embarazadas a (la isla griega de) Creta, y también obtienen dinero de otras actividades ilícitas como el tráfico de migrantes», asegura un policía que pidió mantener el anonimato, apuntando con el dedo a las casas de presuntos traficantes, recargadas de ornamentos.

La oenegé Ravnovesie se ha propuesto «poner fin al tráfico de bebés y de niños en Kameno en un plazo máximo de cinco años». Por eso enseña a los jóvenes que «la venta de una hermana o hermano no es algo normal», explica Maria Ivanova, directora de la escuela de enseñanza primaria.

La oenegé intentó sensibilizar a las madres pero tropezó con «una fuerte hostilidad», por lo que se centró en los adolescentes, dándoles brazaletes e insignias con el lema: «No estoy en venta».