“Si el deporte no es escuela de vida y solidaridad no sirve para nada”. Lo decía Gino Bartali, y lo convirtió en su lema el ciclista italiano que durante la segunda guerra mundial salvó la vida de decenas de judíos, y cuyo expediente de beatificación avanza a velocidad vaticana en la Santa Sede.

Y lo suscribe Aleix Porras, un atleta de 22 años que se va a Santo Domingo, la capital de la República Dominicana, donde trabajará hasta el 15 de enero en La Merced, una fundación que ayuda a niños de la calle y lucha para erradicar el trabajo infantil. Allí le entrenará Félix Sánchez, un mito de los 400 metros vallas.



“El trabajo con La Merced serán las prácticas que me exigen en la carrera universitaria”, dice Porras, corredor zanquilargo que se ha especializado en el 400m vallas, mejor atleta juvenil español en 2016 y ya en la selección absoluta en 2018, cuando participó en los Mundiales de Birmingham en pista cubierta y en los Europeos de Berlín al aire libre.

“Estudio Dirección de Empresas y quiero dedicarme a la cooperación y a las organizaciones de ayuda humanitaria. Pero no me olvido del atletismo. Lo apuesto todo por el atletismo. Todo el viaje a República Dominicana y los entrenamientos con Félix Sánchez me lo costeo yo. Creo en el atletismo y sigo en él, pero después de la carrera deportiva también hay vida y necesidad de ganársela trabajando…”.

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Porras, que con sus 50,38s conseguidos a los 16 años posee la mejor marca europea sub 18 de siempre, comenzó en 2018 una carrera paralela de cooperante que le llevó primero a Nepal y después a Atenas, donde trabajó para ayudar a los refugiados que llegaban desde Lesbos a la capital griega. “También soy voluntario de La Merced en España, con trabajo en los centros penitenciarios, y el año pasado, durante el confinamiento los primeros meses de la pandemia, fui voluntario de la Cruz Roja colaborando sobre todo en la emergencia alimentaria”, dice Porras, que en Santo Domingo se dedicará, sobre todo, a labores administrativas, que son las que le pide la universidad. “Pero seguro que allí surgirá otro tipo de proyectos, talleres…”.



Y allí volverá a encontrarse con Félix Sánchez, Superfélix, quien antes de la irrupción estrepitosa del noruego Karsten Warholm en los Juegos de Tokio (un récord del mundo estupefaciente de 45,94s) simbolizaba más que ninguno el valor olímpico de la prueba de vallas. Nacido en Nueva York de padres dominicanos, tras crecer y hacerse atleta en California, Sánchez compitió siempre como dominicano. Ya retirado se instaló en la isla caribeña, tan pelotera, para entrenar a sus talentos atléticos, como el cuatrocentista Luguelín Santos, quien consiguió la medalla de plata en los 400m de los Juegos de Londres 2012 unos minutos después de que él lograra su segundo título olímpico en los 400m vallas, ocho años después del primero, en Atenas 2004. Sánchez, a quien todos creían acabado, tenía ya 34 años, el más viejo campeón olímpico en las vallas, y el más emocionado en el podio, donde lloró a moco tendido.

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“Ya estuve en su grupo de entrenamiento el año pasado. En Lleida en invierno hace demasiado frío y busqué otro lugar para entrenarme. Pude haber ido a Tenerife, pero allí habría entrenado solo, así que vi que había un grupo en Santo Domingo y allí me fui. Ni sabía que lo dirigía Félix Sánchez, y me llevé una gran sorpresa al verle por primera vez”, dice Porras, a quien entrena en Lleida su padre, Salvador Porras, y que era un niño cuando los oros del dominicano.

“Para mí, Félix Sánchez es una figura que representa el saber competir como nadie. Es grandísimo cómo fue capaz de regresar tras las lesiones y ganar en Londres cuando nadie creía en él. Warholm… Warholm es la figura de mi generación, es tremendo. Y tengo una foto hecha con él en 2013, en los Mundiales juveniles de Donetsk donde mi hermano compitió en los 110m vallas y Warholm ganó las combinadas. Y mi hermano me hizo la foto”.

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Las dos historias de campeones guían a Porras, pero quizás más que la del rendimiento máximo del noruego, que también busca, la vida de superación de Sánchez esté más cercana a su idea bartaliana del atletismo, la que da valor al sacrificio que supone salir adelante en condiciones muy precarias. “Tengo clarísimo que soy lo que soy, cómo soy, gracias al deporte, por los valores que he aprendido, los hábitos de vida”, dice. “Me ha dado todo eso. Por eso estoy tan agradecido al deporte, sobre todo al atletismo, que celebra más que ninguno la inclusión y otros valores”.