Cuando Tirone José González Orama decidió que su nombre de rapero sería Canserbero fue a contárselo a Afromak. Llegó en bicicleta hasta su casa y desde afuera le dijo:, ya sé como me voy a llamar, me voy a llamar Canserbero pero con s y se fue. La misma casa a la que llegó cuando todavía era un niño para que Afromak, productor de rap ya reconocido en Venezuela, lo surtiera de ritmos para sus letras y donde empezó a forjarse la leyenda del mítico rapero.

Canserbero como el can Cerbero, uno de los seres más emblemáticos del mundo de los muertos de la mitología griega, el perro de varias cabezas y un ladrido estridente e inconfundible, guardián del inframundo encargado de custodiar la entrada e impedir el regreso de las almas al mundo de los vivos. Un ser mítico descrito como insometible, ingobernable e indescriptible, como el rapero.



Canserbero llegó a la casa de Afromak gracias a Blackamikase, un amigo suyo de infancia, con quien formó su primer grupo de rap, Códigos de Barrio, y con quien tenía un vínculo indestructible, como de sangre. «Él lo lleva un día a mi casa y me dice: ‘Mira, tengo este pana que rapea durísimo, ayúdale, hazle la pista’. Era un niño, tenía doce o trece años, y cuando Tirone rapeó e hizo toda su vuelta obviamente me impactó por el nivel de destreza que tenía. Yo ya había escuchado muchas cosas (mucho rap) antes de escuchar a Tirone, y cuando lo escuché dije: ‘No, esto es otra cosa'», recuerda Afromak.

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Afromak le dio más que pistas a Canserbero. Le abrió las puertas de su casa y de su colección de discos, y con ello la entrada a un universo musical donde Canserbero exploró lo que quiso. «Afromak era un libro de rap en ese momento y bueno, me instruyó y me quedé pegado. Me encantó», dijo Canserbero en una entrevista un par de años antes de su muerte, ocurrida el 20 de enero de 2015 en hechos todavía sin esclarecer.



«Tirone a veces se escapaba del liceo donde estudiaba y llegaba a mi casa en Enriqueta —una bicicleta con el cuadro partido que lo obligaba a pedalear parado, porque si se sentaba lo podía terminar de partir—. Él vivía a pocas cuadras de donde yo vivía, entonces se volaba de la escuela y me llamaba, mira es qué tal… Llegaba, le abría la puerta, si mi mamá estaba le daba comida y bueno, comía con gusto y agarraba los discos. Si no los escuchaba en la casa se los llevaba. Yo por lo general no lo atendía porque siempre estaba haciendo algo, entonces él se metía pa’l cuarto y me decía: ‘Mira, me voy a llevar este, este y este’. Y yo dale, está bien, chao. Y se iba», recuerda Afromak.

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Afromak fue uno de sus pilares. En él encontró tanta música como quiso, discos y pistas, pero también una idea de lo que era el rap, de qué se trataba y como encarar esa idea de ser rapero, que podía ser de pistolas, violencia, delincuencia y droga, pero también crítica, denuncia e insurrección. Que se trata de ser, de poner la vida en palabras y las palabras en rimas sobre beats. Afromak fue su amigo, pero también su guía y en ocasiones su productor y su DJ. Lo conoció como pocos lo hicieron y muchos hubieran querido.

«Tirone era una persona muy aplicada con la lectura, con el conocimiento. Lo que no sabía lo buscaba, lo investigaba, no era flojo a nivel de conocimiento, sabes. Le gustaba mucho adquirir conocimiento de donde fuese. Gran parte de la música de Tirone está basada en la literatura que él consumió», recuerda Afromak.

«Tirone a veces se escapaba del liceo donde estudiaba y llegaba a mi casa en Enriqueta —una bicicleta con el cuadro partido que lo obligaba a pedalear parado, porque si se sentaba lo podía terminar de partir—. Él vivía a pocas cuadras de donde yo vivía, entonces se volaba de la escuela y me llamaba, mira es qué tal… Llegaba, le abría la puerta, si mi mamá estaba le daba comida y bueno, comía con gusto y agarraba los discos. Si no los escuchaba en la casa se los llevaba. Yo por lo general no lo atendía porque siempre estaba haciendo algo, entonces él se metía pa’l cuarto y me decía: ‘Mira, me voy a llevar este, este y este’. Y yo dale, está bien, chao. Y se iba», recuerda Afromak.

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