“Una luz cegadora. Coros angelicales. Toda tu vida pasando ante tus ojos”. Todos conocemos el tipo de cosas a las que nos referimos cuando hablamos de alguien que tiene una “experiencia cercana a la muerte”.

Aunque, desde el punto de vista científico, ese concepto no está bien definido, un nuevo estudio realizado por un amplio número de científicos de varias disciplinas busca cortar la brecha.



La reciente investigación fue publicada en los Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York, y es la primera declaración revisada por pares sobre el estudio científico de la muerte. Está diseñado para “proporcionar información sobre los posibles mecanismos, las implicaciones éticas y las consideraciones metodológicas para la investigación sistemática” e “identificar los problemas y controversias” en el área de investigación.

La investigación llega en un momento crítico, porque la “muerte” en el siglo XXI no es lo mismo que la de hace cien años.



“El hecho de estar ‘irreversiblemente muerto’ depende de la tecnología”, escribió Anders Sandberg, investigador del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, ya en 2016.

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“Durante mucho tiempo, la falta de respiración y de pulso se consideraban distintivos de la muerte, hasta que los métodos de reanimación mejoraron. Hoy en día, las víctimas de ahogamiento que sufren hipotermia extrema, falta de oxígeno y ausencia de pulso y respiración durante varias horas pueden ser reanimadas (con suerte y algunas intervenciones médicas fuertes)”, añade

La medicina moderna ha cambiado fundamentalmente nuestra forma de pensar sobre la muerte, explica Katie Spalding en el sitio IFL Science.

“La parada cardíaca no es un ataque al corazón”, explica Sam Parnia, director de Investigación en Cuidados Críticos y Reanimación de la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York, y autor principal del nuevo trabajo, en un comunicado.

“En cambio, representa la etapa final de una enfermedad o evento que causa la muerte de una persona”, continuó. “La llegada de la reanimación cardiopulmonar (RCP) nos mostró que la muerte no es un estado absoluto, sino que es un proceso que potencialmente podría revertirse en algunas personas incluso después de haber comenzado”.

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De hecho, señalan los investigadores, las pruebas sugieren que ni los procesos fisiológicos ni los cognitivos terminan en el “punto de la muerte”, y aunque los estudios científicos no han podido demostrar hasta ahora la realidad de las experiencias cercanas a la muerte, tampoco pueden refutarlas.

¿Qué se siente morirse?
Lo que sí es notable es que las experiencias cercanas a la muerte -de las que hay cientos de millones registradas en culturas de todo el mundo- siguen sistemáticamente los mismos temas y arcos narrativos.

En general, la experiencia cercana a la muerte consiste en sentirse separado del cuerpo y tener una mayor sensación de conciencia y reconocimiento de la muerte; a continuación, una sensación de viaje a algún destino, seguida de un análisis significativo y con propósito de sus acciones, intenciones y pensamientos hacia los demás a lo largo de su vida; luego, sentir que está en un lugar que se siente como “hogar”, antes de regresar finalmente al mundo real.

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Aunque eso puede sonar bastante psicodélico, también sabemos que las experiencias cercanas a la muerte no tienen mucho en común con las alucinaciones, las ilusiones o las experiencias inducidas por drogas psicodélicas, aunque a menudo resultan en el mismo tipo de transformación psicológica positiva a largo plazo que estudios recientes han asociado con el uso de sustancias como la psilocibina.

“Lo que ha permitido el estudio científico de la muerte es que las células cerebrales no se dañan irreversiblemente a los pocos minutos de la privación de oxígeno cuando el corazón se detiene”, explicó Parnia. “En cambio, ‘mueren’ a lo largo de horas. Esto está permitiendo a los científicos estudiar objetivamente los acontecimientos fisiológicos y mentales que se producen en relación con la muerte”.

“Pocos estudios han explorado lo que ocurre cuando morimos de forma objetiva y científica”, afirma Parnia. “Nuestro artículo ofrece una visión intrigante de cómo existe la conciencia en los seres humanos y puede allanar el camino para futuras investigaciones”, concluye.