Hace 80 años, un movimiento telúrico de proporciones históricas puso de rodillas al territorio dominicano. Ocurrió el 4 de agosto de 1946, a la 1:00 de la tarde, cuando un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter remeció con violencia gran parte del país, dejando estragos severos tanto en la capital, entonces conocida como Ciudad Trujillo, como en las zonas costeras del noreste.
Según indica Lency Alcántara en Hoy Digital, observadores internacionales de la época calificaron el evento como uno de los movimientos sísmicos más violentos jamás registrados hasta entonces. La fuerza del terremoto derribó edificaciones tanto públicas como residenciales por toda la región afectada.
Zona Colonial: un patrimonio histórico bajo escombros
El casco histórico de la capital no salió ileso. La iglesia de Las Mercedes quedó marcada por grietas profundas que comprometieron su estructura, mientras que el campanario del Real Convento de los Dominicos se vino abajo por completo. A esto se sumó el colapso de las ya deterioradas ruinas del Monasterio de San Francisco, que terminaron sepultadas bajo montañas de piedra.
Un régimen que silenció las víctimas
Uno de los aspectos más inquietantes de este episodio histórico tiene que ver con lo que nunca se supo. Si bien la prensa de aquellos días no consignó fallecidos ni lesionados, el estricto control que ejercía la dictadura de Trujillo sobre la información pública deja abierta la posibilidad de que hubiese víctimas que jamás fueron reportadas.
El pánico generado por el desastre fue tal que miles de habitantes de la capital optaron por dormir a la intemperie, refugiados en plazas y espacios abiertos, ante el temor de que nuevas réplicas —que efectivamente continuaron sintiéndose hasta entrada la noche— provocaran más daños.
Las costas del noreste, las más devastadas
Fueron precisamente las poblaciones costeras las que sufrieron el mayor impacto. En Matanzas, el mar irrumpió con fuerza sobre la tierra, destruyendo viviendas y negocios a su paso. La situación en Nagua, entonces llamada Julia Molina, fue aún más extrema: no sobrevivió ni una sola vivienda en pie.
El sismo también dejó su huella en Moca, Santiago, San Francisco de Macorís y distintas comunidades del noroeste del país. En Higüey, el templo que resguardaba la imagen de la Virgen de la Altagracia sufrió daños tan graves que las autoridades religiosas se vieron obligadas a trasladar la venerada imagen a un lugar seguro.
Un sismo sin precedentes tecnológicos para medirlo
Este evento representó el cuadragésimo tercer terremoto registrado en la isla desde la llegada de los colonizadores españoles. Sin embargo, el país no contaba en ese momento con los recursos técnicos ni humanos necesarios para medir directamente la magnitud del fenómeno. Los datos sísmicos tuvieron que obtenerse por vía telegráfica, enviados desde estaciones especializadas ubicadas en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba.



