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La era de las suscripciones: pagamos cada vez más por cosas que nunca serán nuestras

Comprar un producto, pagarlo y conservarlo durante años era hasta hace poco la forma más natural de consumir. Sin embargo, poco a poco esa lógica está cambiando: cada vez pagamos más por utilizar cosas que realmente no nos pertenecen.

Música, películas, programas de computadora, almacenamiento, aplicaciones y hasta determinadas funciones de vehículos forman parte de una economía basada en pagos mensuales. La tendencia comienza incluso a alcanzar productos físicos como los teléfonos celulares.

De comprar a simplemente tener acceso

Las suscripciones no son nuevas. A comienzos del siglo XX, periódicos y revistas ya utilizaban pagos recurrentes para garantizar que sus publicaciones llegaran periódicamente a los lectores.

La gran diferencia era que el producto seguía perteneciendo al consumidor. Una vez recibías una revista, podías conservarla para siempre.

La televisión por cable comenzó a cambiar esa relación. Servicios como HBO popularizaron la idea de pagar no para poseer un contenido, sino para tener acceso a él. Si dejabas de pagar, desaparecía el acceso.

Internet aceleró el cambio

La llegada de internet permitió llevar ese modelo mucho más lejos.

La industria musical es uno de los mejores ejemplos. Durante décadas comprábamos discos de vinilo, casetes o CD. El formato cambiaba, pero el principio era el mismo: pagabas y la música era tuya.

Con el streaming todo cambió. Plataformas como Spotify permitieron pagar una cantidad mensual para acceder a enormes catálogos musicales. La propuesta resultaba atractiva porque por relativamente poco dinero era posible escuchar millones de canciones.

Pero existe una condición: cuando dejamos de pagar, dejamos de tener acceso.

El software también dejó de pertenecernos

Otro ejemplo importante presentado en la transcripción es Adobe.

Durante años, programas como Photoshop, Illustrator, Premiere y Acrobat podían comprarse mediante licencias. El desembolso inicial podía ser considerable, pero después de adquirir el programa era posible continuar utilizándolo.

La compañía posteriormente desarrolló Creative Cloud y trasladó progresivamente su negocio hacia las suscripciones. En lugar de pagar grandes cantidades por una licencia completa, los clientes comenzaron a realizar pagos mensuales relativamente menores.

Para las empresas, este modelo tiene una enorme ventaja: genera ingresos constantes y mucho más predecibles.

Para los consumidores también puede significar precios iniciales menores y actualizaciones permanentes, pero tiene una desventaja evidente: mientras necesiten el producto, tendrán que continuar pagando.

Ahora las suscripciones llegan a los productos físicos

La tendencia ya no se limita al mundo digital.

La transcripción menciona cámaras de seguridad que requieren pagos mensuales para acceder a determinadas funciones y fabricantes de automóviles que han experimentado con características adicionales desbloqueadas mediante suscripción.

El siguiente paso es todavía más interesante: convertir el propio producto físico en una especie de servicio permanente.

Los teléfonos inteligentes representan uno de los ejemplos analizados. En vez de comprar un equipo y conservarlo durante varios años, el consumidor realiza pagos periódicos y, después de determinado tiempo, puede cambiarlo por una generación más reciente.

La idea puede resultar atractiva: menor desembolso inicial y la posibilidad de mantenerse actualizado. El problema aparece cuando el consumidor entra en un ciclo en el que siempre está pagando, pero nunca termina siendo propietario del producto.

¿Por qué este modelo resulta tan atractivo para las empresas?

Hay una razón económica fundamental: la recurrencia.

Una empresa que vende un producto debe convencer nuevamente al cliente para que regrese y compre otro. Con una suscripción, en cambio, el cliente permanece pagando automáticamente mientras no decida cancelar.

Además, en productos tecnológicos este sistema puede acelerar los ciclos de renovación. En lugar de conservar un teléfono durante tres, cuatro o cinco años, por ejemplo, el consumidor puede acostumbrarse a sustituirlo cada dos años.

El resultado es una relación comercial prácticamente permanente entre compañía y consumidor.

El peligro de pagar poco por demasiadas cosas

Individualmente, RD$300, RD$500 o RD$1,000 mensuales pueden parecer cantidades manejables. El problema comienza cuando tenemos una suscripción para escuchar música, otra para películas, otra para almacenamiento, otra para trabajar, otra para hacer ejercicio y varias adicionales para servicios que incluso olvidamos que estamos pagando.

La transcripción señala precisamente que los hogares estadounidenses ya manejan más de diez suscripciones activas en promedio y destinan más de US$200 mensuales a ellas.

El verdadero costo de la economía de suscripción, por tanto, no siempre está en una mensualidad individual, sino en la acumulación de muchas pequeñas mensualidades.

¿Estamos comenzando a cansarnos?

Curiosamente, también empiezan a aparecer señales en dirección contraria.

Según los datos citados en la transcripción, ha aumentado la proporción de consumidores que cancela servicios de suscripción. Al mismo tiempo, algunos productos físicos están recuperando popularidad.

Uno de los casos más llamativos es el vinilo. Sus ventas han experimentado un importante crecimiento durante los últimos años, incluso entre consumidores jóvenes y artistas actuales.

Puede parecer contradictorio que en plena era del streaming millones de personas quieran nuevamente comprar discos físicos.

Pero quizás precisamente ahí está la explicación: hay objetos que las personas todavía quieren tocar, guardar, coleccionar y sentir que realmente les pertenecen.

¿El futuro será alquilarlo todo?

Las suscripciones difícilmente desaparecerán. Para muchos servicios representan una solución cómoda, económica y práctica, y para las empresas constituyen una extraordinaria fuente de ingresos recurrentes.

Sin embargo, el crecimiento del modelo abre una pregunta mucho más profunda sobre nuestra relación con el consumo.

Estamos pasando de una economía en la que comprábamos productos a otra en la que pagamos permanentemente por el derecho de utilizarlos.

Quizás las próximas generaciones tengan acceso a más cosas que cualquier otra generación de la historia, pero paradójicamente podrían terminar siendo propietarias de muchas menos.

Y ahí aparece la pregunta inevitable:

¿realmente queremos vivir en un mundo donde prácticamente todo sea una suscripción?

Amaury Mo

Amaury Mo

Amaury Moreno (Amaury Mo) Comunicador digital, director creativo de Ensegundos.do desde 2007.