Hay noches en las que la alfombra y la solemnidad del Teatro Nacional no le pertenecen a la etiqueta social, sino al barro seco en las botas, a las manos agrietadas por sembrar esperanzas en terrenos baldíos y a la mirada firme de quienes han decidido no rendirse ante la intemperie. La décima primera edición del Premio Mujeres que Cambian el Mundo, celebrada en la sala Carlos Piantini, fue exactamente eso: una pausa colectiva para mirar de frente el pulso real de la República Dominicana, encarnado en once mujeres que han sostenido comunidades enteras cuando las instituciones oficiales apenas alcanzaban a llegar.
En una sociedad acostumbrada a los reconocimientos ruidosos y efímeros, esta plataforma del Banco BHD ha logrado madurar durante más de una década como un auténtico estímulo vital. No es un concurso de vanidades ni una vitrina publicitaria. Para una maestra rural que alfabetiza bajo una enramada, para una líder comunitaria que defiende un bosque amenazado o para aquellas que han abierto comedores y guarderías donde las madres trabajadoras no tenían con quién dejar a sus hijos, ser escuchadas y respaldadas representa la diferencia entre el agotamiento y la continuidad de sus causas.
El impacto emocional de la gala se construyó desde la sensibilidad artística. La puesta en escena concebida por Raúl Camilo superó con creces lo visto en ediciones anteriores. Lejos del efectismo visual convencional, Camilo entendió que los rostros de estas mujeres no necesitaban adornos cosméticos, sino verdad. La producción audiovisual, el cuidado minucioso en la iluminación teatral y el montaje cinematográfico de cada semblanza lograron trasladar la atmósfera de los parajes más distantes a la principal sala de espectáculos del país. Las pantallas no proyectaron estadísticas frías, sino el rumor de los ríos que estas líderes protegen, la risa de los niños rescatados de la desnutrición y los testimonios de comunidades que aprendieron a generar su propio sustento gracias al coraje femenino. Cada corte de edición y cada encuadre fotográfico respiraron respeto por la dignidad de sus protagonistas, provocando silencios conmovidos y ovaciones espontáneas en el auditorio.
Detrás del brillo de dos horas sobre el escenario, existe un andamiaje humano que suele pasar desapercibido y que constituye el verdadero corazón de esta iniciativa. La labor que encabeza Josefina Navarro junto a su equipo no se limita a coordinar un evento; lideran un voluntariado institucional que recorre el mapa dominicano, cruzando caminos vecinales para constatar sobre el terreno la autenticidad de cada postulación. Fueron meses de revisar cientos de expedientes, escuchar a los vecinos, validar que cada proyecto no fuera una promesa de papel sino una obra viva, para luego estructurar las propuestas que llegaron a manos de un jurado riguroso, integrado por Huchi Lora, María Amalia León, Óscar Villanueva, el padre Secilio Espinal, Soledad Álvarez y Steven Puig. Ese filtro silencioso y transparente es el que otorga credibilidad moral a un certamen donde no caben los favoritismos.
El clímax de la jornada llegó con la entrega de los reconocimientos, atestiguada por el presidente de la República, Luis Abinader, y los principales directivos de la entidad financiera, Luis Molina Achécar y Steven Puig. Cuando se anunció a Juana Mercedes de Brioso, de Monte Plata, como la ganadora del primer lugar, la sala entera se puso de pie. Su historia, marcada por la articulación comunitaria y la creación de oportunidades laborales para familias vulnerables, resumió el espíritu de la noche. Junto a ella, los segundos lugares otorgados a la hermana Audelia Rodríguez Argueta, quien ha dejado su vida en el sur profundo de Azua, y a Flor María Sepúlveda, guardiana social en Villa Altagracia, arrancaron lágrimas sinceras entre los asistentes.
Los homenajes especiales de la noche tuvieron un peso conmovedor: Camelia Ureña (Juana Evangelista del Carmen Rodríguez Blanco), referente de entrega en Santiago, y sor María Carmen Veiga Castiñeira, cuya vocación ha transformado vidas en Santo Domingo, recibieron el tributo de una concurrencia que valoró décadas de servicio silencioso. A ellas se sumaron las trayectorias de Ada Alba Drullard, Jennifer Inmaculada Ramos Concepción, Adela Matos Cuevas de Florián, Antigua Melania Martínez Santos, Hada Mirelis Ciprián Montero y María Amelia “Beba” Finke Brugal, guardianas del medioambiente, educadoras y forjadoras de salud en distintas provincias.
Uno de los momentos más aplaudidos de la velada fue el anuncio del incremento en los montos económicos: un millón y medio de pesos para el primer lugar, un millón de pesos para los segundos lugares y homenajes especiales, y quinientos mil pesos para cada una de las demás finalistas. Sin embargo, como bien recordó Navarro durante su intervención, el dinero es apenas la herramienta inmediata. El verdadero cambio comienza el día después, mediante un programa de formación y acompañamiento técnico que a lo largo de once años ya ha capacitado a más de 5,000 personas vinculadas a los proyectos de las 122 mujeres laureadas en la historia del premio.
La ceremonia, que será transmitida al país el domingo 1 de noviembre a las nueve de la noche a través de Color Visión, canal 9, dejó en el aire una certeza reconfortante: la República Dominicana no solo se sostiene en sus cifras macroeconómicas, sino en la resistencia silenciosa de mujeres que, sin buscar reflectores, eligen cada mañana transformar el pedazo de tierra que les tocó habitar.



