Por Adam B. Kushner | The New York Times. El teléfono sonó poco después de que el primer avión comercial de pasajeros impactara contra la Torre Norte del World Trade Center. Era mi padre. «Algún idiota ha estrellado un avión contra el World Trade Center», le dijo a mi compañero de cuarto, quien me despertó de inmediato con la noticia. Nos encontrábamos en nuestra residencia universitaria, situada a pocos kilómetros al norte del lugar de los hechos, y en ese primer instante pensamos que se trataba de un trágico y aislado accidente aéreo.
Esa ingenua percepción se esfumó en cuanto el siguiente avión impactó contra la Torre Sur. En ese preciso momento, supimos que no se trataba de una lamentable coincidencia. Desde las ventanas de nuestro edificio, podíamos observar la inmensa columna de humo negro que comenzaba a elevarse de forma amenazante sobre el Bajo Manhattan. Como bien escribió el cronista Dan Barry —quien contempló las densas columnas de humo elevándose en el horizonte desde un ferry esa misma mañana— en una elegía a «la memoria de lo que preferiríamos olvidar»: «Todos los que estábamos allí entonces tenemos nuestras historias».
Para la redacción de The New York Times, el 11 de septiembre de 2001 comenzó como una tragedia profundamente local, una herida abierta en el corazón de nuestra propia ciudad. Sin embargo, a lo largo de este cuarto de siglo, nuestros periodistas han documentado metódicamente cada capítulo de esta prolongada saga: el estallido de las guerras y sus devastadoras secuelas; la transformación radical de la política, la cultura, el marco legal y la tecnología; así como los perfiles de los perpetradores y la memoria intacta de las víctimas.
Al cumplirse el 25 aniversario de aquel acontecimiento crucial, nuestros periodistas y críticos se detienen a reflexionar sobre sus consecuencias. Hoy ofrecemos distintas perspectivas para intentar comprender el impacto y el significado perdurable del 11 de septiembre.
Lo que vivimos
El duelo
Es una amarga certeza que el duelo no se disipa con el mero transcurso del tiempo. Sin embargo, resulta reveladora la historia de Jacob Campbell, quien tenía apenas diez meses de vida cuando su madre falleció en el colapso de la Torre Sur. La sombra del 11 de septiembre lo persiguió violentamente hasta la edad adulta, arrastrándolo al alcoholismo, el consumo de marihuana y a recurrentes pensamientos suicidas.
¿Qué fue lo que finalmente lo rescató de ese abismo? El comprender el inmenso esfuerzo y el amor abnegado que sus abuelos le brindaron para asegurarle una infancia feliz en medio de la desgracia. Como él mismo reflexionó: «Hay personas que están en medio de la tragedia y reciben ayuda. Hay amor en el mundo en igual medida que sufrimiento».
Consecuencias
Tras los atentados, miles de jóvenes estadounidenses se unieron a las fuerzas armadas impulsados por un sentido del deber. Presentamos el testimonio de tres veteranos cuyo servicio militar transformó sus vidas para siempre. Uno de ellos se alistó a los 19 años como ametrallador y, con el tiempo, ascendió a jefe de escuadrón durante los encarnizados combates en Irak.
Hoy en día, su brazo derecho está completamente cubierto por un ostensible tatuaje negro compuesto por calaveras: una por cada persona que mató en las calles de Ramadi. «Solo me arrepiento de dos», confiesa al recordar sus años en combate. «En una ocasión, lancé una granada de mano por una ventana y mató a un chico de 16 años. En otra, volamos una puerta sin saber que la abuela estaba justo al otro lado».
En el plano interno, la ciudad de Nueva York experimentó una ola de islamofobia que provocó que muchos vecinos comenzaran a mirarse repentinamente con desconfianza. No obstante, esta presión también impulsó a los musulmanes neoyorquinos a involucrarse con mayor determinación en la vida política local. Una generación después, la ciudad cuenta con un alcalde musulmán, aunque sus esfuerzos por articular una conmemoración del aniversario no siempre han sido bien recibidos por todos los sectores.
Justicia
Al abogado Kenneth Feinberg se le encomendó la compleja tarea de administrar el Fondo de Compensación a las Víctimas, teniendo que cuantificar económicamente el valor de las vidas perdidas para otorgar indemnizaciones estatales a los familiares sobrevivientes. Feinberg presenció ese dolor de manera directa y chocó con la indignación de quienes rechazaban la idea de que el dinero pudiera reparar su pérdida.
Ante la perspectiva de recibir una indemnización de 4 millones de dólares, el esposo de una de las víctimas le espetó con amargura: «Tengo una idea mejor. Devuélvanme a mi esposa». En este sobrio retrato, Feinberg reflexiona años después sobre la naturaleza de su cometido y se pregunta abiertamente si un líder espiritual no habría estado mejor preparado para afrontar semejante responsabilidad.
Normalidad
La cultura y el entretenimiento también tuvieron que reacondicionarse tras la tragedia. En una conversación entre nuestros críticos Wesley Morris y Jason Zinoman, se analiza cómo el 11-S alteró de forma irreversible el terreno de la comedia. Las semanas posteriores a los ataques estuvieron marcadas por una profunda incertidumbre sobre lo que resultaba apropiado.
Durante el histórico episodio con el que Saturday Night Live regresó a la pantalla, el productor ejecutivo Lorne Michaels le preguntó al entonces alcalde Rudy Giuliani: «¿Podemos volver a ser graciosos?». La respuesta de Giuliani capturó el momento: «¿Por qué empezar ahora?».
Un nuevo rumbo
El consejo editorial de The New York Times analiza la respuesta geopolítica e institucional de Estados Unidos durante este cuarto de siglo. Se sostiene que, si bien el gobierno actuó con determinación y buscó justicia de manera admisible y correcta en un principio, también incurrió en graves errores estratégicos: los fallidos intentos de reconstrucción en Afganistán, la invasión a Irak fundamentada en falsos pretextos, el uso de la tortura en interrogatorios a prisioneros y el establecimiento de un sistema de espionaje masivo sobre sus propios ciudadanos.
Lo que queda sin resolver
La guerra interminable
A pesar del despliegue militar durante décadas, Al Qaeda —el grupo terrorista contra el que las tropas estadounidenses fueron a luchar en el extranjero semanas después del 11-S— continúa siendo una fuerza activa en Afganistán. Según estimaciones consolidadas, la denominada guerra contra el terrorismo ha supuesto un coste financiero superior a los 8 billones de dólares y la pérdida de más de 900.000 vidas humanas.
La colección fotográfica reunida por la redacción a lo largo de estos 25 años de conflicto retrata con crudeza la dimensión de la tragedia. Entre ellas, la imagen de un atentado suicida perpetrado en Kabul en 2009 permanece como un testimonio desgarrador del impacto del conflicto sobre la población civil.
El lugar
Un cuarto de siglo después de la destrucción del complejo original, la reconstrucción de la Zona Cero aún mantiene proyectos pendientes: el edificio residencial planificado para reemplazar al 5 World Trade Center todavía no ha comenzado a erigirse. A poca distancia de allí, el Museo del 11-S atraviesa serias dificultades financieras para sostener su operación.
A esto se suma un factor demográfico determinante: aproximadamente uno de cada tres estadounidenses en la actualidad nació después del 11 de septiembre de 2001. Aunque los acontecimientos de aquel día han condicionado la sociedad en la que crecieron, estos jóvenes no conservan una memoria personal ni grabada a fuego de lo sucedido.
Su significado histórico
En el momento en que ocurrieron los atentados, prevaleció la sensación de que una era tocaba a su fin y que otra radicalmente distinta, y quizás peor, daba comienzo. Sin embargo, al evaluar el hito con la distancia de 25 años, el analista Charles Homans sostiene que la historia no suele dividirse en compartimentos geopolíticos tan estancos. En su lugar, plantea que el 11-S debe entenderse como «un capítulo intermedio en la historia de la fractura interna estadounidense, más que como su inicio pirotécnico».



