¿Qué pasa en la mente de un sicario?

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Miguel Angel Treviño Morales, alias el Z-40, solía morder el corazón de sus víctimas, aún vivas, creyendo que eso le haría invencible, y reclutaba a sus sicarios obligándoles a disparar a una persona al azar. El ex líder de los Zetas, detenido a mediados de 2013, ejemplifica la crueldad que ejercen los miembros de los cárteles para abrirse paso en el escalafón del crimen organizado.

Aunque la agresión es hasta cierto límite parte de la naturaleza humana, los crímenes violentos hablan de distorsiones y enfermedades, según el psiquiatra Christian Lukhaus, director del laboratorio de investigación de la policlínica de la Universidad de Düsseldorf.

“Es una cuestión que se plantea siempre en relación con delitos de violencia, ¿es el agresor un enfermo mental o no? Eso varía en cada caso individual, no se puede hablar en general sobre la situación de un grupo de delincuentes”, afirma aludiendo a las prácticas de los miembros de los cárteles en su disputa por la supremacía de un territorio.

Trastornos disociativos

Lukhaus señala que puede tratarse de las distorsiones más diversas que afectan la personalidad. “En particular trastornos disociativos, que impiden la capacidad de sentir empatía con otros seres humanos, de ponerse en sus zapatos. Generalmente esa empatía conduciría a una represión de conductas agresivas”. El especialista destaca que la falta de empatía permite a un individuo ejercer una violencia de gran magnitud, y que se trata de un trastorno de la personalidad social.

“Adicionalmente existen enfermedades psiquiátricas que conducen a un alto riesgo de violencia, como la esquizofrenia, pero no todos los enfermos de este mal son violentos, sino un pequeño grupo, a menudo relacionados con alguna adicción”. Otro grupo lo constituyen aquellos delincuentes violentos drogadictos. Quienes abusan de estupefacientes estadísticamente están predispuestos al uso de violencia.

Violencia en la niñez

“Si hubiera tenido ayuda psicológica yo creo que no hubiera pasado nada de esto en mi vida”, dice Brian en el documental titulado “Mataron a mi papá”. El ex sicario relata que tenía diez años cuando fue testigo del asesinato de su padre, cuyo cuerpo fue quemado, tasajeado y su cabeza partida a la mitad. Sentado en medio del desierto, en las afueras de Ciudad Juárez, el joven relata que su infancia estuvo llena de odio y empezó a ser muy violento con todos. A los 17 mató por primera vez y no lo hacía por dinero, sino que le interesaba el poder, que la gente le tuviera miedo por ser matón.
Según Lukhaus esa experiencia traumática es una cicatriz a una edad muy joven, en la que falta aún que concluya el proceso de madurez y de desarrollo de la personalidad. “Esto provoca una fuerte predisposición a manifestar un comportamiento violento, de hecho es un requisito importante para ejercer esa violencia extrema. También puede traducirse en una fuerte oscilación emocional. La persona no tiene el equilibrio emocional que cuenta una personalidad madura”. Lukhaus destaca que en estos casos las víctimas de violencia tienen una predisposición a convertirse después en victimarios.

No es necesario estar enfermo

Lukhaus, que trata a enfermos de psicosis, esquizofrenia y que han cometido crímenes violentos, señala que los asesinos a sueldo con seguridad no entran en un patrón de normalidad, pero destaca que la pregunta es si tienen un cuadro genuinamente enfermizo o un trastorno mental. “No es necesario llegar a eso para convertirse en asesino en serie. Ese tipo de verdugos padecen algún trastorno disociativo de la personalidad, aunada a la problemática de drogas”.

El experto señala que la cocaína y las sustancias de efecto parecido provocan una fuerte secreción de dopamina, lo que conduce a una mayor predisposición a la violencia. “El abuso de estas sustancias puede provocar psicosis, ambas pueden conducir a un comportamiento violento”,

Fuente: BioBioChile 

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