Si cree en cristo, es rico, ya sea que se dé cuenta o no. Por supuesto, me refiero a la riqueza espiritual, no a la material. Sin embargo, muchos creyentes viven como pobres espirituales porque no creen lo que Dios les ha dado o prometido en su Palabra.

Si eso le describe, tome nota de la esperanza que se ofrece en el pasaje de hoy. Todo aquel que haya sido salvo por la gracia de Dios, por la fe en Jesucristo, es santo. Este es un término que se aplica a todo verdadero creyente, lo cual significa que quien pertenece a Cristo se ha apartado de este mundo para Dios. Y nuestro Padre quiere bendecir a sus santos por la unión con su Hijo (Ef 1.3).

La fuente de nuestras bendiciones es Dios. No tenemos que esperarlas, porque Él ya nos las ha dado.

La naturaleza de estas bendiciones es espiritual y celestial. Las cuales enriquecen nuestro espíritu, sin importar lo mucho o poco que tengamos. Poseemos todas las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado, aunque la plenitud de todo lo que ha prometido no será nuestra hasta que lleguemos al cielo.

Quien nos bendice es Cristo. Todo beneficio divino nos viene por medio de nuestra unión inquebrantable con el Salvador, quien vive en nosotros, y nosotros vivimos a través de Él.

Cuanto más aprendamos a vivir en las bendiciones espirituales descritas en los versículos 1-4, mayor será nuestra paz en medio de los problemas, la satisfacción en los momentos de necesidad y el gozo en nuestras pruebas. Y podemos esperar goces para siempre en el cielo con Cristo (Sal 16.11).

Fuente Encontacto.org