Morir por una enfermedad prolongada o por causas naturales no suele ser un apagón instantáneo. El organismo atraviesa una serie de cambios progresivos en los que disminuye su actividad y concentra sus recursos en las funciones esenciales.
Un estudio publicado en la revista científica Frontiers in Aging Neuroscience analizó el caso de un hombre de 87 años cuya actividad cerebral estaba siendo registrada mediante un electroencefalograma cuando sufrió un paro cardíaco. La grabación ofreció una oportunidad excepcional para observar lo que sucedía en el cerebro durante la transición hacia la muerte.
El cuerpo comienza a reducir su actividad
Durante los últimos días u horas de vida es común que la persona pierda el apetito y deje de interesarse por la comida y la bebida. Esto ocurre porque el organismo necesita menos energía y el sistema digestivo comienza a funcionar más lentamente.
Aunque para la familia puede resultar angustiante, obligar a comer a una persona que se encuentra en esta etapa puede provocarle incomodidad. Lo más recomendable es seguir las indicaciones del personal médico y concentrarse en mantenerla cómoda.
Las manos y los pies se enfrían
A medida que la circulación se debilita, la sangre llega con menor intensidad a las extremidades. Por esa razón, las manos y los pies pueden enfriarse mientras la piel adquiere un aspecto pálido, azulado o moteado.
Estas manchas, frecuentes en las piernas y las rodillas, forman parte de los cambios naturales que aparecen cuando el corazón pierde capacidad para bombear sangre por todo el cuerpo.
La respiración cambia
Uno de los momentos más difíciles para los familiares ocurre cuando la respiración se vuelve irregular. La persona puede respirar rápidamente, detenerse durante varios segundos y luego volver a hacerlo.
Este patrón, conocido como respiración de Cheyne-Stokes, puede aparecer cerca del final de la vida. También puede escucharse un gorgoteo causado por la acumulación de saliva o secreciones en la garganta, debido a que la persona ya no puede tragarlas o expulsarlas con facilidad.
Aunque el sonido puede resultar alarmante, no necesariamente significa que la persona se esté ahogando o sufriendo. Con frecuencia es más angustiante para quienes lo escuchan que para quien se encuentra en el proceso de morir.
El oído podría permanecer activo hasta el final
En algún momento, la persona puede dejar de abrir los ojos, hablar o responder al contacto. Sin embargo, la ausencia de una reacción visible no significa necesariamente que haya dejado de escuchar.
Investigaciones realizadas con pacientes de cuidados paliativos encontraron respuestas cerebrales ante determinados sonidos incluso cuando las personas ya no reaccionaban externamente. Por eso se recomienda continuar hablándoles con tranquilidad, decirles palabras afectuosas y evitar conversaciones que puedan resultar perturbadoras.
La voz de un ser querido podría ser uno de los últimos estímulos recibidos, aunque la persona ya no tenga capacidad para contestar.
El misterio de la lucidez terminal
Otro fenómeno desconcertante es la llamada lucidez terminal. Existen testimonios de personas con demencia avanzada o enfermedades neurológicas que, poco antes de morir, recuperan momentáneamente la capacidad de comunicarse, reconocer a sus familiares o recordar nombres.
Estos episodios han sido documentados, pero todavía no existe una explicación científica definitiva sobre cómo un cerebro gravemente deteriorado puede recuperar algunas funciones de manera repentina. Tampoco ocurren en todas las personas.
La actividad cerebral alrededor del último latido
En el caso del paciente de 87 años, los investigadores detectaron cambios en las oscilaciones gamma alrededor del momento en que su corazón dejó de latir. Este tipo de actividad cerebral también está relacionado con funciones como la memoria, la atención y los sueños.
El hallazgo llevó a plantear la posibilidad de que el cerebro pueda producir actividad coordinada durante los últimos instantes de vida. Incluso se ha considerado si esto podría guardar alguna relación con los recuerdos intensos descritos por personas que sobrevivieron a experiencias cercanas a la muerte.
Sin embargo, el estudio no demuestra que una persona vea pasar su vida antes de morir. Se trató de un solo paciente que presentaba una lesión cerebral, inflamación y actividad epiléptica. Los propios investigadores advirtieron que esas condiciones impiden generalizar los resultados.
Lo registrado ofrece una pista fascinante, pero no una respuesta definitiva. La ciencia comienza a comprender los cambios físicos que acompañan a la muerte, aunque todavía desconoce qué experimenta realmente la conciencia durante sus últimos segundos.



