No es sencillo salir del esquema tradicional del manejo informativo en torno a la Feria del Libro, un evento que tiene un número impresionante de actividades diarias.
Sin embargo, hay momentos en que se impone frenar el paso y preguntarse: ¿conocemos su trayectoria, los personajes que han moldeado su desarrollo, los aportes que sucesivamente matizaron su existencia, los elementos que han desaparecido y los que se han añadido a su oferta?
La XXVIII Feria Internacional del Libro no es el mismo acontecimiento en torno al libro y la lectura que inició modestamente Julio D. Postigo, con permiso de Trujillo. Sin embargo, ninguna de sus expresiones organizativas y programáticas es inferior o superior a las demás. Son expresiones distintas, correspondientes a momentos históricos diferenciados.
Lo que resulta indudable es que estos 75 años de transformaciones han convertido una iniciativa de libreros y escritores en una de las grandes plataformas culturales del país. La Feria cambió de sede, de estructura, de filosofía, de programación, de público y hasta de la manera de entender qué significa una feria del libro.
El valor de esta trayectoria de 75 años radica en la capacidad de la Feria para transformar sus estructuras y adaptarse a cada época.
Permanece la idea germinal de. Postigo, la institucionalidad impulsada por Rafael Herrera, la organización de Raymundo Amaro Guzmán y la visión internacional de José Rafael Lantigua. Hoy, la Feria de Santo Domingo trasciende la venta de libros para consolidarse como una ciudad cultural temporal: un espacio colectivo donde la lectura sigue encontrando nuevos caminos y nuevos lectores.
No es una sola Feria
La feria de hoy no es la organizada por la entonces Comisión Permanente, desde el piso 11 del edificio El Huacal, con Raymundo Amaro Guzmán como organizador y conceptualizador de la primera gran etapa del evento.
Tampoco es solo el proyecto que reformuló José Rafael Lantigua, gestor fundamental de la lectura, crítico literario esencial y escritor cuya contribución a la internacionalización de la Feria y a su trascendencia cultural todavía no ha sido suficientemente valorada.
Al celebrarse en abril, Lantigua logró que a la Feria llegara una amplia pléyade de figuras internacionales de la literatura. Lo que concibió y llevó a la práctica fue, en esencia, un Festival de la Cultura, con el libro y la lectura como base.
Ni es la concentración en torno al libro y la lectura que relanzaron Milagros Germán, Joan Ferrer y Ángela Hernández, restaurándola en sus objetivos, programación y recintos tras etapas previas desfavorables.
Y tampoco es exactamente la misma a la que han dado continuidad y nuevos programas Roberto Ángel Salcedo, Ramón Pastor de Moya, Aquiles Julián, Joan Ferrer y Nan Chevalier, retomando precedencias y adecuándolas a las nuevas circunstancias de la lectoría.
Lo que ya no está
Muchos aspectos de la Feria del Libro son hoy un recuerdo:
• La masiva presencia del teatro en las calles del recinto ferial y los conciertos populares de cantautores en los escenarios abiertos.
• El cuerpo de voluntarios identificados que orientaban sobre los actos del programa, muchos de ellos desplazándose en vehículos de dos ruedas por el campus.
• El programa físico que se ponía a circular la noche de la apertura.
• Los exhibidores o módulos dedicados a tres escritores-políticos: Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez. Ya no existen como estructuras independientes. Ahora aparecen en el conjunto de otras librerías o en espacios interiores de los museos con una mesa, algunos estantes y en algún caso con un monitor de TV, a cargo de las respectivas fundaciones.
• La dedicatoria diaria de calles a personalidades de la escritura y la cultura. Era una posibilidad de multiplicar los homenajes a los hacedores de literatura con todo un ritual, siendo el primer acto de la mañana luego del Himno Nacional.
• Los inmensos y costosos pabellones de instituciones y empresas, sustituidos hoy por espacios más medidos, funcionales y amigables. Uno de esos pabellones, solo en construcción y climatización, costó un millón y medio de pesos. Ya eso es historia.
• Las dominantes zonas de comida, con excesiva publicidad exterior vertical que rivalizaba con los puestos de libros —un aspecto muy criticado en los medios— y que ahora se plantea de forma más simple y operativa en dos extensos módulos de servicios de alimentos y bebidas.
• La zona de artesanías, que era sin duda un atractivo para el público, pero que se alejaba del concepto del libro. Finalmente, fue desplazada hacia sus propios eventos artesanales, montados por el Ministerio de Cultura en el Parque Colón y otros espacios.
• Una aplicación web (APP) que permitía bajar al teléfono móvil, el programa y las noticias referentes al evento. Fue creado en Gestión Lantigua. Se ha descontinuado, quién sabe por qué. Caso a rescatar.
• Las exposiciones de origami presentadas durante la extensión de la Feria por un grupo de artistas del doblado de papel, entre ellos Yuan Fuei Liao, Lein Paulina e Isis Esteva, entre otros. Llegaron a montarse en el Museo de Historia Natural, el Museo del Hombre Dominicano, la Biblioteca Nacional y el Museo de Arte Moderno.
• El periódico impreso El Ferial, que se editaba diariamente durante la Feria, en especial el producido durante la gestión de José Tejada Gómez como director de Comunicaciones de Cultura.
• Los conciertos musicales populares y de cantautores en emplazamientos abiertos de los jardines de la Plaza de la Cultura.
• La masiva afluencia de público a la Feria generaba la creación de un cinturón de vendedores de chucherías en torno al campus ferial, dificultando la movilidad peatonal y vehicular, un motivo de queja permanente de vecinos y visitantes. Afortunadamente, esta situación fue superada hace años y el factor ya no existe.
Un proceso de perfeccionamiento continuo
La Feria no es la misma de sus inicios: ha atravesado diversos procesos y se ha perfeccionado con el tiempo. El acontecimiento ha adquirido nuevas prácticas y ha adoptado nuevos programas. Cada gestión a cargo ha aportado mejoras en la práctica, ha perfeccionado contenidos, creado formatos inéditos y sustituido esquemas que en su momento fueron exitosos.
El principal encuentro cultural del país ha reforzado su propósito de girar en torno al libro y la lectura, contando, tanto hoy como ayer, con el respaldo masivo del público, las escuelas y los colegios.
Es claro que las opiniones en torno al éxito o no de la feria dependen de muchos factores relacionados, primero, con la postura política o partidaria de quien la evalúa; con el momento en que se produzca la visita —hay momentos en los cuales hay menos público debido al horario y al programa—, y con su compromiso con la verdad, una dimensión cuya percepción es siempre relativa.
Ya no es la Feria de las grandes estructuras empresariales e institucionales de las primeras décadas de la internacionalización, ni la que posteriormente administraron Carlos Esteban Deive, Tony Raful, Alejandro Arvelo, José Antonio Rodríguez, Pedro Vergés y Eduardo Selman, cada uno desde circunstancias y concepciones distintas.
Tampoco es el evento que emergió de la pandemia, ni la experiencia dispersa y criticada de 2022 en la Ciudad Colonial.
Tampoco es exactamente la concibieron Milagros Germán, Joan Ferrer y Ángela Hernández, quienes, replantearon y devolvieron con éxito a la Plaza de la Cultura en 2023, logro que consolidaron en 2024. Estas ferias lograron una reconversión programática, una mayor centralización del libro y una infraestructura nueva, adecuada, climatizada y centralizada.
Es la Feria a la que han dado continuidad Roberto Ángel Salcedo, Ramón Pastor de Moya, Aquiles Julián, Joan Ferrer y Nan Chevalier, sobre una estructura de experiencia acumulada durante décadas y con una concepción que procura hacer del libro el centro de una experiencia cultural integral.
Los ejecutivos medios, el aporte invisible
Justo es exponer el papel de quienes, sin ser ministros de Cultura, desde diversos puestos contribuyeron con sus esfuerzos al éxito de cada entrega ferial: Alejandro Arvelo, Pedro Antonio Valdez y Valentín Amaro, parte del equipo de Lantigua, y quienes dieron todo lo imaginable para establecer el gran sello internacional del evento.
También Ruth Herrera, periodista y editora, tuvo a su cargo un período siguiente, incluyendo la entrega virtual de la pandemia y una edición montada en la Ciudad Colonial. Fue constante y efectiva en su trabajo.
Y Joan Ferrer, ahora director nacional de Museos, fue durante cinco años un profesional que constituyó un músculo impulsor y contribuyó de forma decidida al crecimiento y la reformulación de la Feria.
Punto aparte merece la escritora Ángela Hernández, quien ingresó al Ministerio de Cultura por convocatoria de Milagros Germán, como profesional de la literatura y la planificación de eventos, con el resultado que todos conocen: la generación de un nuevo perfil del evento que perfeccionó el legado de Lantigua.
Hernández, quien se encuentra actualmente en residencia literaria en Canadá, trabajando en un proyecto literario de largo esfuerzo, no podrá estar este sábado 3 de octubre, a las seis de la tarde, en la puesta en circulación de su colección de cuentos Caribe en Breves, de Editorial Huerga y Fierro, a presentarse en el Pabellón de Identidad del Museo de Historia y Geografía. El libro será presentado por Gustavo Olivo Peña y la docente universitaria Carolina Soto.
Lo que permanece o se ha innovado:
-El programa digital desde la página https://fil.gob.do/
-Ampliación y nuevo marco regulatorio del programa Bono Libro.
-Modernización del esquema de seguridad, regulando la entrada y salida de visitantes al campus ferial mediante un extenso sistema de vallas metálicas con entradas en lugares específicos.
-Mejoramiento del Pabellón de editoriales.
-Perfeccionamiento del diseño y materiales (sin entrar en los contenidos) de los libros de la Editora Nacional gracias a un rediseño que es producto de un proceso que viene desde dos gestiones anteriores. Son libros editorialmente muy cuidado.
-Mejoramiento del concepto de la zona de comida, mucho mas concentrado, funcional y amigable.
-Reforzamiento de la sala de negocios editoriales, que ha permitido la relación con editoriales y autores nacionales. Esta sala de negocios fue creada en la Gestión Lantigua y mejorada.
Ahondar más en el origen
El origen remoto de esta historia se encuentra en Julio D. Postigo Arias, librero, pastor evangélico y fundador de la Librería Dominicana. Postigo impulsó desde 1950 la idea de reconocer el 23 de abril como el Día del Libro en la República Dominicana. Aquella iniciativa antecedió a la institucionalización posterior de la Feria y constituye uno de los puntos de partida de la cultura ferial dominicana.
El paso decisivo llegó en 1973. Mediante el Decreto 4331 de ese año, el presidente Joaquín Balaguer creó la Comisión Organizadora Permanente de la Feria del Libro. La presidencia quedó en manos del periodista Rafael Herrera, director del Listín Diario; Jorge Tena Reyes fue designado secretario y Julio Postigo, tesorero.
Varios periodistas han actuado en torno a la Feria como gestores fundamentales de la cultura: Herrera, Lantigua y otros.
La Feria adquiría así algo esencial: continuidad institucional. Ya no era solo una iniciativa ocasional; se convertía en una actividad reconocida y asumida periódicamente por el Estado.
Durante los años siguientes pasó por diversos escenarios —la Biblioteca Nacional, el Museo del Hombre Dominicano, el Palacio de Bellas Artes, el Museo de Historia y Geografía y la Fortaleza Ozama— hasta llegar en 1983 a la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, su gran territorio natural durante décadas.
Raymundo Amaro Guzmán
Si Postigo representa el impulso inicial y Rafael Herrera la continuidad desde la sociedad y los medios de comunicación, Raymundo Amaro Guzmán encarna la profesionalización administrativa.
En 1985, durante el gobierno de Salvador Jorge Blanco, se creó una nueva Comisión Organizadora mediante el Decreto 2968. Esta quedó presidida por Amaro Guzmán, mientras Rafael Herrera pasó a ser presidente de honor.
Amaro Guzmán trabajaba desde unas oficinas en el Edificio de Oficinas Públicas, conocido popularmente como El Huacal. Desde allí se organizaba una Feria que ocupaba la Plaza de la Cultura y que todavía dependía de un esfuerzo concentrado de un equipo reducido.
Pero aquella Feria tenía ya una característica perdurable: la capacidad de convertir un recinto físico en una ciudad temporal del libro.
La Plaza de la Cultura permitía ubicar librerías, puestos de venta, conferencias, presentaciones, actividades infantiles, teatro, música y artes visuales.
Aparecieron entonces las conocidas casetas de lona y madera prensada, que durante años fueron una de las imágenes emblemáticas del evento. Era una Feria presencial, física y comercial, cargada de color y de venta del libro mano a mano: el visitante acudía a comprar libros, conocer autores, asistir a conferencias o simplemente caminar por aquel territorio extraordinario.
En 1987, el Decreto 183-87 otorgó a la Comisión Permanente jurisdicción nacional, autonomía funcional y administrativa, adscribiéndola a la Presidencia de la República. Aquello representó un salto institucional de enorme importancia: la Feria dejaba de ser una actividad periódica para convertirse en una institución cultural del Estado.
La primera gran transformación: 1996-1997
El año 1996 constituyó una ruptura. La Feria no se celebró debido a dificultades de financiamiento. Tras 23 años de realización ininterrumpida desde 1973, el acontecimiento se vio interrumpido. Sin embargo, de aquella crisis surgió una de las mayores transformaciones de su historia.
En 1997, el presidente Leonel Fernández emitió el Decreto 44-97, mediante el cual se reformuló la Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro.
Aquí aparece la figura que cambió radicalmente el concepto: José Rafael Lantigua.
La transformación no fue solo de nombre: cambiaron la organización, los objetivos, la promoción, la programación, la estructura física y la concepción de lo que podía ser una Feria del Libro en el país.
La edición de 1997 funcionó como un ensayo internacional en el que participaron aproximadamente 40 editoriales de ocho países. Al año siguiente, en 1998, la cita asumió oficialmente su nueva condición: Feria Internacional del Libro de Santo Domingo.
España fue el primer país invitado de honor y la edición estuvo dedicada a la Generación Literaria del 48. Ese cambio alteró definitivamente la escala del acontecimiento.
Lantigua concibió otra Feria. Su importancia radica en haber entendido que un evento internacional requería una arquitectura institucional, cultural y programática distinta.
Se incorporaron o consolidaron los países invitados de honor, los escritores homenajeados, los pabellones temáticos, los coloquios, los talleres, los programas infantiles, las presentaciones editoriales, los espectáculos de teatro y música y los programas especiales de la Editora Nacional.
Asimismo, se creó una estructura de áreas con coordinadores responsables y se procuró establecer espacios para la comercialización del libro dominicano.
La Feria comenzó a tener una programación propia, independiente de la actividad comercial directa de las librerías. Ese fue un cambio fundamental: el público dejó de ir únicamente a comprar libros para pasar a vivir una experiencia cultural.
Un fenómeno editorial: Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo
Durante este período se produjo un fenómeno editorial: la publicación de un libro que estremeció al país, Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo, escrito por Joaquín Balaguer, publicado en octubre de 1988 y que circuló en la Feria del Libro en abril de 1989, generando un interés fuera de lo normal por un título dominicano. Ficha bibliográfica en el catálogo de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña
Fue impreso en Editora Corripio. Había personas que acudían a la Feria exclusivamente para comprar ese libro, que contiene testimonios de Balaguer sobre su experiencia como servidor de la dictadura de Trujillo.
El libro contiene la famosa «página en blanco», dejada así para que «alguien, luego de mi desaparición», colocara allí los nombres de los asesinos de Orlando Martínez, algo que finalmente no ocurrió por parte de ese «alguien». La presión familiar, judicial y social fue la responsable de identificar a los perpetradores materiales del crimen, aun cuando quedó pendiente la autoría intelectual.
Las calles de escritores: una práctica del pasado
Una de las innovaciones de aquella etapa fue convertir el recinto ferial en una ciudad literaria. Las calles internas recibían nombres de escritores dominicanos y, en jornadas específicas, se realizaban actos de bautizo de estos espacios.
Todavía en 2012, una de las vías del recinto recibió el nombre del médico y escritor Santiago Castro Ventura, así como en 2009 se documentó la dedicación de calles a José Alcántara Almánzar y Luis Martín Gómez. Aquella práctica pertenece hoy a la memoria histórica del evento.
La organización contemporánea privilegia otros recursos: pabellones temáticos, auditorios, salas climatizadas y una programación integrada.
Esto no significa que una época haya sido superior a otra, sino que la Feria dejó de ser la misma ciudad efímera que fue durante la etapa de expansión de Lantigua.
El legado de la internacionalización
El modelo iniciado entre 1997 y 1998 consolidó una Feria capaz de atraer autores internacionales y convertir a Santo Domingo en punto de encuentro literario.
Autores de América Latina, el Caribe, España y otros ámbitos comenzaron a integrar la programación, recibiendo a figuras como Eduardo Galeano, Julia Álvarez, Junot Díaz, Luis Rafael Sánchez y Luis Sepúlveda, entre otros.
Se afianzó la fórmula: País Invitado + Escritor Homenajeado + Programa Editorial + Programa Cultural que es un esquema que ha perdurado hasta hoy, con diversas formas de ejecución.
Continuidad, expansión y nuevas administraciones
La creación de la Secretaría de Estado de Cultura en el año 2000, mediante la Ley 41-00, dio paso a una nueva etapa institucional, incorporando la Feria al sistema cultural del Estado.
Por la titularidad de Cultura pasaron Tony Raful, José Rafael Lantigua, José Antonio Rodríguez, Pedro Vergés, Eduardo Selman, Carmen Heredia y Milagros Germán, hasta llegar a Roberto Ángel Salcedo. Cada administración dejó su impronta, resultado del trabajo conjunto de equipos técnicos, escritores, libreros y funcionarios.
Durante la gestión de José Antonio Rodríguez (2012-2016) se dio continuidad a la estructura internacional y se fortalecieron las ferias regionales, como las de Espaillat, San Pedro de Macorís y Peravia, así como la Feria del Libro de Nueva York.
Con Pedro Vergés se produjo un período de reordenamiento institucional y editorial.
Con Eduardo Selman se vivió una experiencia singular: en 2019 la Feria se trasladó excepcionalmente a la Ciudad Colonial. Durante nueve días, la Ciudad Colonial acogió el evento, demostrando que podía utilizar un espacio histórico como escenario, aunque también evidenció las dificultades logísticas de operar una actividad de tal magnitud fuera de su recinto tradicional.
La pandemia y el experimento de 2022
En 2020, la pandemia de COVID-19 obligó a transformar la cita en una Feria Internacional Virtual del Libro y la Cultura. Mediante plataformas digitales con talleres, recitales y conferencias, se demostró que el evento podía proyectarse más allá del espacio físico, destacándose en esta adecuación la labor de Ruth Herrera.
Por su parte, la edición de 2022, celebrada en la Ciudad Colonial, intentó retomar el uso de la zona histórica. No obstante, el formato generó cuestionamientos por la dispersión de las actividades y las dificultades de circulación del público. La Feria aprendió de este proceso para reestructurar sus modelos de montaje posteriores.
La reconversión espacial y programática
La gestión de Milagros Germán en el Ministerio de Cultura y la designación de Ángela Hernández al frente de la Dirección General del Libro y la Lectura, en mayo de 2022, marcan una etapa de profunda revisión de las políticas editoriales y de promoción lectora.
En 2023, la XXVI Feria Internacional del Libro regresó a la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, integrando los museos, el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional al circuito del evento.
Surgió además una innovación clave: por primera vez, la totalidad de las actividades se concibió bajo techo, en espacios climatizados.
La organización reemplazó la lógica de casetas individuales por una estructura de pabellones temáticos concebidos para ofrecer una experiencia articulada.
De las casetas a los pabellones temáticos
Frente a la imagen horizontal de las antiguas casetas, la modelo actual apuesta por una distribución arquitectónica centrada en pabellones dedicados a: Escritores homenajeados y países invitados; Literatura infantil, cómic e identidad y áreas profesionales, instituciones y exposiciones.
En 2025, la estructura incluyó pabellones de exhibición y venta, pabellones temáticos, auditorios, Sala de Negocios, área de libros antiguos y de ocasión y el Oasis Lúdico.
La Feria se afianzó como una plataforma que conecta libros, autores, lectores, escuelas, editoriales, artes y tecnología.
Evolución del público y del sector editorial
El perfil del visitante ha evolucionado: de los compradores de libros de la era de Amaro y los universitarios e intelectuales de la etapa de Lantigua, se ha pasado a integrar activamente a familias, jóvenes y comunidades educativas.
En la edición de 2025, el programa Multiplicando Letras movilizó a 68 gestores en 30 provincias, ampliando el alcance de la formación de lectores.
En el ámbito comercial, la Feria ha pasado de la venta directa en puestos a la creación de un ecosistema profesional. Muestra de ello fue la realización de 93 reuniones profesionales con 29 editoriales internacionales en la Sala de Negocios durante 2025, además de la entrega de publicaciones mediante el programa Bono Libro.
Consolidación y escala actual: 2024-2026
En 2024, la edición dedicada a Mateo Morrison tuvo a Washington Heights como invitado de honor, extendiendo el concepto de internacionalización a las comunidades dominicanas en el exterior.
Ese año se reportaron más de 220,000 visitantes y ventas superiores a RD$57 millones, además de llevar el programa La Feria fuera de casa a cinco provincias.
Para 2025, bajo la dirección del ministro Roberto Ángel Salcedo y dedicada a Frank Moya Pons, la Feria alcanzó cifras de gran escala: 19 países, 165 autores invitados, más de 370 sellos editoriales y 700,000 visitantes.
El Pabellón del Cómic, en particular, registró aproximadamente 130,000 visitas, reflejando el interés de nuevos públicos por la narrativa gráfica y las artes visuales.
La XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 rinde homenaje a José Mármol y cuenta con Panamá como País Invitado de Honor, desplegando más de 750 actividades, decenas de editoriales y una amplia infraestructura que incluye el remozamiento visual de sus pabellones.
Una historia en movimiento
La historia de la Feria del Libro de Santo Domingo no puede reducirse a una sucesión de ministros, directores, fechas, decretos o montajes. Es una historia de acumulación.
Postigo aportó la idea germinal; Rafael Herrera, la continuidad institucional; Amaro Guzmán, una estructura organizativa profesional; Lantigua, la internacionalización y una concepción cultural de mayor alcance; las administraciones posteriores aportaron reformulaciones, correcciones, expansiones y nuevas experiencias.
La Feria contemporánea es, por tanto, resultado de todas esas capas. Ninguna etapa invalida necesariamente a la anterior. Cada una respondió a circunstancias concretas, a posibilidades presupuestarias, a concepciones culturales y a las demandas de sus públicos.
La Feria que hoy ocupa la Plaza de la Cultura, con sus pabellones climatizados, auditorios, programas infantiles, espacios profesionales, invitados internacionales y actividades multidisciplinarias, no habría sido posible sin las ferias anteriores.
Y aquellas primeras ferias de casetas, calles bautizadas con nombres de escritores, grandes pabellones, vendedores, conciertos, teatro y largas jornadas de compra de libros tampoco pueden comprenderse sin la experiencia que las precedió y sin las transformaciones que vendrían después.
La gran crónica forense de la Feria del Libro es, en definitiva, la historia de una institución cultural que ha sobrevivido y mejorado porque ha sabido cambiar, adaptarse y estar por encima de los titulares de turno.
La información contenida en esta crónica procede de la monografía del autor firmante, 1951-2026: 75 años de la Feria del Libro de Santo Domingo: historia, evolución y protagonistas, a la cual se han agregado observaciones y experiencias personales derivadas de la participación del autor en buena parte del proceso de la Feria del Libro.
Ficha archivística de la obra
• Autor: Sosa, José Rafael.
• Título: 1951-2026: 75 años de la Feria del Libro de Santo Domingo: historia, evolución y protagonistas.
• Lugar de publicación: Santo Domingo, República Dominicana.
• Editorial: Ediciones del Sol, 2026.
• Diseño: Guillermo Molina Mueses.
• Evento: XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026.
• Disponible en: puestos 40 y 51 del Pabellón de la Lectura.
• Materia: Feria del Libro de Santo Domingo; historia cultural dominicana; historia del libro; promoción de la lectura; gestión cultural.
• Tipo de documento: Publicación monográfica.
Pies de foto
Julio D. Postigo, fundador del concepto de Feria del Libro.
Doctor Raymundo Amaro Guzmán, director ejecutivo y presidente de la Comisión Permanente Organizadora de la Feria del Libro.
Licenciado José Rafael Lantigua, responsable de la internacionalización de la Feria del Libro y de su transformación en un acontecimiento internacional.
Milagros Germán, ministra de Cultura.
Ángela Hernández, directora general del Libro y la Lectura (2022-2024).
Roberto Ángel Salcedo, ministro de Cultura.
Ramón Pastor de Moya, viceministro de Identidad y Ciudadanía.
Fotos suministradas.



